Blogger Biblioteca Pública José María Vélaz

miércoles, 2 de julio de 2014

La Leyenda de Quetzalcoatl

                 

La Leyenda de Quetzalcoatl

Por:  Chela Orozco       
Quetzalcóatl, es una de las principales deidades de las civilizaciones prehispánicas, presente en casi toda la Mesoamérica del siglo XV, que tiene desde su origen, un sin fin de misterios: considerado por diferentes historias como un hombre, un mito o una leyenda.
El origen de su nombre parte del náhuatl y significa “Quetzal”, ave de hermoso plumaje y “Coatl” que quiere decir serpiente, derivando en lo que comúnmente se conoce como la “Serpiente Emplumada”. Esta deidad fue una de las más populares en la tradición prehispánica, hace referencia a la unión de las aguas pluviales y las terrestres, lo cual, entre los pueblos agrícolas, era indispensable para su sobrevivencia, por lo que marcaba el origen de la vida misma.
Cuenta la leyenda que cuando la creación del mundo había terminado, los dioses y humanos vivían en armonía, todos eran felices, a excepción del dios Quetzalcóatl que veía con enojo como los humanos eran subyugados por los demás dioses. Por lo que decidió adoptar la condición humana para compartirles el conocimiento y el arte que poseían las deidades.
Al llegar al mundo de los humanos vagó por muchas tierras hasta llegar a Tollan, lugar que se dice, actualmente está en México dentro del Estado de Hidalgo. A su arribo se estaba ofreciendo un sacrificio en honor de su hermano Tezcatlipoca, y enfurecido por esta barbaridad, detuvo la ejecución.   
El sacerdote que realizaba el sacrificio, gritó furioso, mientras el cielo se tornaba gris con nubes que anunciaban una gran tormenta, rayos y truenos. Quetzalcóalt los calmó y les dijo que mientras él estuviera en Tollan la ciudad florecería como ninguna.
Acto seguido alzó las manos al cielo y los vientos empezaron a soplar, despejando las nubes. Desde ese entonces, los hombres quisieron rendirle culto como a una deidad. Rechazó cualquier clase de lujo y los invitó a vivir con humildad y a aprender con la pureza del alma.
A partir de ese momento, Tollan  creció y prosperó. El dios en forma de humano les enseño a cultivar las semillas del maíz, a trabajar el jade, oro y la obsidiana, a teñir el algodón, el arte de la astronomía, enriqueció su escritura, fomentó el culto a los dioses y prohibió los sacrificios humanos, en lugar de eso les enseñó el autosacrificio punzándose con espinas de maguey. Creó una orden de doncellas que se dedicarían a la limpieza y mantenimiento de los templos, en fin, la ciudad se convirtió en una ciudad grande, bella y sagrada.
Pero el dios Tezcatlipoca, hermano de Quetazalcóatl, no estaba contento con el desempeño de su pariente, así que ideó un perverso plan para destruir su imagen. Cierto día, Tezcatlipoca se disfrazó de anciano y le llevó un regalo a Quetzalcóatl, éste lo recibió con gran gusto y humildad, al ver que se trataba de un maguey que emanaba un líquido exquisito. Sin embargo, Quetzalcóatl no sabía que ese líquido tan delicioso era el “octli” o “pulque”, bebida embriagante que no había sido descubierta.Quetzalcóatl la bebió con mucho agrado, bebió y cantó como nunca. Estaba tan extasiado que llenó de deseos carnales,
como mujer a Quetzalpetatl, una sacerdotisa de su culto, rompiendo su celibato. A la mañana siguiente se sintió inmundo y tomó la resolución más difícil de su vida, pues ya no era digno de dirigirTollan.
Se dirigió hacia el mar, construyó una barca con serpientes y navegó con rumbo a donde se pone el sol, prometiéndoles a los toltecas que volvería en un año “Ce Ácatl” para regresar a Tollan a vengar por esa traición. Casualmente ese mismo año prehispánico correspondía al año 1519 de nuestra era, año que llegaron los primeros españoles por la misma costa por donde Quetzalcóatl desapareció.
Por otro lado y según algunos historiadores, las representaciones de Quetzalcóatl lo muestra como un hombre blanco, alto y barbado. Por lo que se asegura que este personaje pudo haber sido real, tratándose de un vikingo que llegó a las costas del Golfo de México y que tiempo después los Toltecas convirtieran en su dios, por todos los conocimientos nuevos que les inculcó.
Lo más extraordinario de esta historia es que fueron precisamente estas características físicas y al resplandor áureo de las armaduras y vestimentas, por las que el conquistador español Hernán Cortés, fue confundido con este dios.
Las fechas coincidieron, así como los presagios augurados por los magos y sacerdotes aztecas, por lo que toda una civilización, creyente de estas profecías, pensó inmediatamente en el regreso deQuetzalcóatl
Lamentablemente se dieron cuenta muy tarde de que ese dios, no era más que un hombre que venía en busca de oro y dispuesto a terminar enteramente con una gran civilización.
El gran Quetzalcóatl es recordado entonces como un gobernante y político ejemplar, héroe civilizador, inventor del calendario, descubridor del maíz, maestro agricultor, inventor del arte de fundir metales, tallista de piedras preciosas, juez y jurista y dios unificador del mundo. Su importancia hizo que las diferentes culturas prehispánicas le rindieran culto, ya fuere como Quetzalcóatl o comoKukulkán.
Sus enseñanzas llegaron a diferentes civilizaciones, incluyendo a los olmecasmayasmixtecas,toltecas, pero principalmente a los aztecas. Y todavía resulta más enigmático que todas las culturas le describen igual y tan sólo con pequeñas variaciones.
Tomado de: http://www.inside-mexico.com/legends/quetzalcoatlspn.htm


miércoles, 5 de marzo de 2014

Cuturpilla

CUTURPILLA



Hace mucho tiempo existieron dos fuertes guerreros llamados Pamusca y Paxi que eran considerados los mejores en batalla, por lo que se hicieron muy amigos, y su amistad fue sincera hasta que se enamoraron de Cuturpilla, una joven doncella que tenía un corazón bondadoso y amable.
Pamusca fue el primero que intentó enamorarla, pero su actitud era ostentosa y siempre alardeaba del amor que la princesa le demostraba, por lo que ella se sentía lastimada, pues no tenía ni un poco de amor para ese guerrero charlatán.
Por el contrario, Cuturpilla amaba en secreto a Paxi y él le correspondía con un cariño calmado, silencioso, intenso y noble, pero Pamusca ignoraba ese amor, lo que hacía que afuera, en el combate, los dos trabajaran en equipo y juntos pudieron dar muerte a muchos invasores que querían  someter a su tribu, por lo que el cacique vivía agradecido con los jóvenes valientes.
Un día Pamusca decidido a conseguir a Cuturpilla, le declaró su amor y le pidió que fuera su esposa, pero la princesa, le confesó su adoración por Paxi y le dijo que jamás se casaría con él. Pamusca montó en cólera y salió a buscar al infeliz que le había robado el amor de su bella dama y cuando encontró a Paxi se abalanzó sobre él, tan lleno de rabia, que todos los hombres tuvieron que sostenerlo con fuerza, para que no hiriera a su amigo. El cacique muy preocupado trató de enfriar los ánimos de los guerreros, pero ninguno de los dos quiso escuchar sus palabras y desde ese día fueron enemigos.
Entonces, desesperado trató de convencer  a Cuturpilla para que se casara con Pamusca, pero ella se negó y el Cacique le ordenó que en adelante no podría salir de su choza, para que ellos no la vieran nunca más. Cuturpilla aceptó el mandato del jefe y Pamusca estuvo calmado por un tiempo, pero sólo pensaba en vengarse de Paxi por no haber respetado su amor por la doncella. Así que una mañana, en que tuvieron que salir a una batalla, Pamusca se metió entre el enemigo y cuando Paxi se aproximó le dio muerte con su lanza.
Los hombres llegaron triunfadores al pueblo, pero con ellos no regresó Paxi, porque según dijo Pamusca, había sido herido en combate, pero de inmediato Cuturpilla supo que él le había dado muerte y corrió al campo, en donde encontró su cuerpo yerto. La doncella lloró de dolor muchos días y los dioses al ver su sufrimiento, la transformaron en un aguerrido Cóndor, que vuela las montañas de los andes, lanzando angustiosos gemidos por Paxi, el guerrero que la amó en silencio.



Autor: Franklin Barriga López
Adaptación de la leyenda titulada “Cuturpilla.  Tomado de “Leyendad y tradiciones de Cotopaxi” Editorial Pío XXI.  Ambato-Ecuador, pás.35-39.  Pertenece a la tradición oral.
Tomado de: América y sus leyendas tomo F
VOLUNTAD





El trabajo en equipo: "Cuento de las herramientas"

El trabajo en equipo: “El cuento de las herramientas”



En un pequeño pueblo, existía una diminuta carpintería famosa por los muebles que allí se fabricaban. Cierto día las herramientas decidieron reunirse en asamblea para dirimir sus diferencias. Una vez estuvieron todas reunidas, el martillo, en su calidad de presidente tomó la palabra.
-Queridos compañeros, ya estamos constituidos en asamblea. ¿Cuál es el problema?. -Tienes que dimitir- exclamaron muchas voces.
-¿Cuál es la razón? – inquirió el martillo. -¡Haces demasiado ruido!- se oyó al fondo de la sala, al tiempo que las demás afirmaban con sus gestos. -Además -agregó otra herramienta-, te pasas el día golpeando todo.
El martillo se sintió triste y frustrado. _Está bien, me iré si eso es lo que queréis. ¿Quién se propone como presidente?.
-Yo, se autoproclamó el tornillo -De eso nada -gritaron varias herramientas-.Sólo sirves si das muchas vueltas y eso nos retrasa todo.
-Seré yo -exclamó la lija- -¡Jamás!-protesto la mayoría-. Eres muy áspera y siempre tienes fricciones con los demás.
-¡Yo seré el próximo presidente! -anuncio el metro. -De ninguna manera, te pasas el día midiendo a los demás como si tus medidas fueran las únicas válidas – dijo una pequeña herramienta.
En esa discusión estaban enfrascados cuando entró el carpintero y se puso a trabajar. Utilizó todas y cada una de las herramientas en el momento oportuno. Después de unas horas de trabajo, los trozos de madera apilados en el suelo fueron convertidos en un precioso mueble listo para entregar al cliente. El carpintero se levantó, observó el mueble y sonrió al ver lo bien que había quedado. Se quitó el delantal de trabajo y salió de la carpintería.
De inmediato la Asamblea volvió a reunirse y el alicate tomo la palabra: “Queridos compañeros, es evidente que todos tenemos defectos pero acabamos de ver que nuestras cualidades hacen posible que se puedan hacer muebles tan maravillosos como éste”. Las herramientas se miraron unas a otras sin decir nada y el alicate continuo: “son nuestras cualidades y no nuestros defectos las que nos hacen valiosas. El martillo es fuerte y eso nos hace unir muchas piezas. El tornillo también une y da fuerza allí donde no actúa el martillo. La lija lima aquello que es áspero y pule la superficie. El metro es preciso y exacto, nos permite no equivocar las medidas que nos han encargado. Y así podría continuar con cada una de vosotras.
Después de aquellas palabras todas las herramientas se dieron cuenta que sólo el trabajo en equipo les hacía realmente útiles y que debían de fijarse en las virtudes de cada una para conseguir el éxito.

Autor: Juan Mateo
Título: Los cuentos que mi jefe nunca me contó



DABEIBA



Mito Catío1  
             “Desde el principio Dabeiba existió;
Entre su pueblo catío la más bella,
Mucha cosa a enseñar se quedó,
Hasta el día que Karagabí a ella,
Al ver todo hecho, al cielo llamó”.

Cuando el mundo todavía estaba joven vivió entre los catíos, desde el comienzo de los tiempos, una bellísima mujer llamada Dabeiba, que durante muchos años se dedicó a enseñar a su pueblo todas las cosas.  Tomaba los bejucos y las hojas con sus delicadas manos e iba tejiendo los canastos, las esteras, las chinas para avivar el fuego; miraba con paciencia cómo los hombres aprendían y los corregía cuando se equivocaban, hasta que los tejidos quedaban bien hechos.  Tomaba la greda, la mezclaba con agua y hacia vasijas, platos, ollas y muchas otras cosas; así, los alfareros conocieron su oficio.

Dabeiba, la bella, hija de Karagabí, Señor del Cielo, no se cansaba de enseñar.  Mostró al catío la manera como debía pintarse el cuerpo y escoger los colores: el rojo del achiote, el amarillo de la piña, el azabache de la jagua.  Con el tallo del huito le enseñó a teñir los dientes.  También impuso el sabor de algunas plantas, como el amargo del cacao y el agridulce del mamoncillo.  Cuando estuvo segura de que la gente sabía pintarse el cuerpo, sacar los colores de las plantas y reconocer el sabor de algunos alimentos, les enseño a sembrar y a cosechar la yuca y el maíz.  Después de mucho esfuerzo, los indios aprendieron todas las cosas, y la labor de Dabeiba terminó.


Cuando Karagabí vio que su obra estaba completa, la llamó para que se reuniera con él en el cielo.  Un día, al amanecer, Dabeiba subió al cerro León y, desde lo más alto, se elevó lentamente para volver al seno de su padre.  A pesar de que era muy temprano, de que la neblina se levantaba sobre las quebradas, de los truenos y del asomo de lluvia, algunos indios la vieron subir y subir hasta perderse entre las nubes, más arriba de las copas de los árboles.  Ya desde el cielo, para que los indios la recuerden y sean buenos, ella les manda truenos, terremotos y tormentas.  Por eso dicen que Dabeiba es la diosa de las tempestades.

1 Aborígenes que habitan en el noroeste de Antioquia, del río Tonusco hasta Ituango.  En el pasado, se destacaron por su orfebrería y su fiera resistencia a los conquietadores.

Tomado de: Mitos y leyendas de Colombia: tradición oral indígena y campesina.
Autores: Mauricio Galindo Caballero
Carlos Augusto García López
Jorge Valencia Cuéllar

INTERMEDIO: 2003

Para subir al cielo

Para subir al cielo (fragmento)

             Evelio José  Rosero Diago

Ayer en la mañana vino a la granja un desconocido. Traía en sus manos una escalera de madera, bastante larga, color azul. Yo estaba sentado a la sombra de los naranjos, y me preguntaba qué iba a hacer durante el día para ser feliz. Entonces llegó el desconocido, se detuvo a la entrada de la granja, puso la escalera junto a él y la soltó. No sucedió lo que yo suponía: que la escalera se iba a caer. No. La escalera siguió de pie, sola, como apoyada en el aire, igual que si esperara muy tranquila a que alguien subiera por ella.
-¿es usted el que es? –me preguntó el desconocido.
-si, soy yo –le respondí.
-Le envían esta escalera, como regalo.
Me acerqué. –Es una escalera muy rara –dije-. Nadie la sostiene. Y no se cae.
Me puse a contemplarla al derecho y al revés; di una vuelta en torno suyo, la toqué, no hizo nada. Entonces yo mismo la puse en otro lugar, sin apoyarla. Y la escalera no se cayó. Siguió de pie. Incluso me pareció que, al cambiarla de sitio, la escalera crecía.
Crecía.
Eso me pareció.
-¿y puedo saber quién me la envía? –pregunté.
-No quiero decirlo –dijo el desconocido-. Solo sé que usted es el que es y que ahora usted es el dueño de la escalera.
-Eugenia - dije-. Estoy seguro que Eugenia Flor me envía esta escalera.
El desconocido se encogió de hombros.
-puede ser –dijo.
-Es Eugenia. Estoy seguro –repetí.
Eugenia Flor es la muchacha que ordeña las vacas de la vereda. Todos los días me hace un regalo, a escondidas, sin que yo me dé cuenta. Un día me regaló una gardenia, y la puso en la ventana de mi cuarto, la misma ventana que yo abro todas las mañanas para que entre el sol. Sólo que en esa  ocasión entró primero el perfume blanco de la gardenia, dulce y delgado, igual que una voz, la voz de Eugenia cuando canta mientras ordeña las vacas cada madrugada. Otro día me dio un regalo que me asustó: un cucarrón verde. Y  lo puso debajo de mi almohada, de modo que, al acostarme, no demoré en escuchar un ronroneo de alas, muy cerca de mi cabeza. Quité la almohada y lo vi, a la luz de la luna: de un verde resplandeciente. El cucarrón verde también me miraba y luego se echó a volar.  Han sido tantos los regalos que Eugenia me deja en secreto, todos los días, que escribiría mi vida enumerándolos. Una mañana, por ejemplo, iba subiendo por la montaña y sentí sed; estaba fatigado y muy lejos de los naranjos. Me recosté contra una piedra y me dormí; no debí dormir mucho porque al abrir los ojos el sol seguía en la mitad el cielo y la sed me calcinaba la garganta como un terrón de sal. Entonces apareció el regalo, a mi lado: una totuma de agua pura y fría –endulzada con flores de naranjo- que yo bebí pensado en la sonrisa de Eugenia, en su voz como agua. Eugenia debía encontrarse escondida en algún lugar, observándome. «¿Eugenia?» pregunté, pero no me respondió. Así es Eugenia. En su lugar respondió el pájaro amarillo, canturreando en lo más alto de un eucalipto y, después, el susurro largo de la brisa, acariciándome. Así son los regalos de Eugenia: un lápiz y una hoja blanca en el bolsillo de mi camisa, una golondrina en el cielo, la luna en la noche cuando despierto de pronto y estoy solo.  Y siempre que veo a Eugenia, al encontrarla de pronto en el bosque, o en el valle, o a la orilla del río, ella me sonríe y se pone roja como un tomate, y yo me río con ella y no le digo que yo sé que es ella, Eugenia, la de los regalos. Ella sabe que yo sé, pero no decimos nada, y sólo nos miramos y reímos. Y así seguimos, cada uno por su lado, riéndonos.
«Y ahora me regala una escalera», pensé.
-Pero, ¿Por qué una escalera? –Pregunté al desconocido-. ¿Para qué?
-Para subir al cielo –me dijo-.
Esta escalera se hizo únicamente para eso. Claro que si usted desea emplearla para subir a un árbol… también le servirá. O podría subir al techo de la casa, o… subir donde quiera, pero entonces no estaría ya usándola como se debe. Cometería un error, la escalera se pondría triste… Sería una triste escalera…
El desconocido se puso a mirar las nubes. Y suspiró, impaciente.
-Bueno, adiós –dijo-. He caminado por muchos mundos para traerle su escalera. Es suya. Usted la pidió.
-¿Yo? –pregunté.
No recordé pedirle a Eugenia una escalera, jamás. La última vez que nos vimos estaba ordeñando la vaca de la señora Teresa, y yo llegué. Eugenia vestía de azul –como la escalera-, tenía un manojo de flores de monte atado a su pelo, y parecía cantar en silencio. Arrodillada, no se había percatado de mi presencia. Sus manos eran tan blancas como la leche que ordeñaba. Cuando me descubrió, a sus espaldas, por poco tumba la tina donde la leche espumeaba. Se asustó. Se asustó Eugenia y se asustó la vaca porque mugió. Me reí del susto de Eugenia y de la vaca y las dejé. Pero no recuerdo que esa vez le haya pedido una escalera de regalo, aunque debo recordar ahora que tampoco, nunca le pedí una gardenia y, sin embargo, me la regaló. Así son los regalos de Eugenia: una sorpresa por la espalda, como yo.
-¿Conoce usted a Eugenia?
-pregunté al desconocido.
-puede ser –dijo. Y volvió a mirar al cielo, se rascó una oreja y bostezó-. Mire –dijo, extendiéndome un papel y un lápiz, idénticos a los que un día Eugenia me regaló en secreto-. Este es el recibo. Firme debajo, y listo. Tengo que irme. Debo llevar otros encargos, me espera un largo día de trabajo.
Parecía de verdad muy impaciente. De modo que leí el papel. Decía:

Yo, el que soy,
declaro recibir la escalera
para subir al cielo en perfecto estado.

-Firme debajo –repitió el desconocido, y me alargó el lápiz. Yo firmé. Puse: Yo. Y, más abajo, en letras pequeñísimas, añadí:

Gracias Eugenia
Por la escalera

Y apenas hube terminado de escribir se escuchó un trueno espantoso, la mañana entera se oscureció y un viento de horror inclinó las ramas de los naranjos hasta rozar la tierra y me hizo cerrar los ojos. Cuando volví a abrirlos, la mañana recuperó su luz. El mundo respiraba tranquilo y el desconocido había desaparecido. En su lugar había una paloma.
Y la escalera seguía ahí…

Tomado de: Para Subir al cielo.
Autor: Evelio José Rosero Diago
MAGISTERIO


Evelio José Rosero: Nació en Bogotá en 1958. Es periodista, cuentista y novelista, y tiene una reconocida trayectoria literaria. Su creación incursiona tanto en la literatura para adultos como en la literatura para jóvenes y niños. Su obra para jóvenes y niños ha merecido varios reconocimientos nacionales e internacionales, como el premio iberoamericano del libro de cuentos Netzahualcóyotl, el premio nacional Fundalectura, el premio nacional Colcultura, el premio Norma-Fundalectura, el premio Enka, el premio Comfamiliar y la beca Ernesto Sábato para jóvenes escritores colombianos.
Algunas de sus obras más conocidas son El incendiado (1988), Cuentos para mirar un perro y otros cuentos (1989), Pelea en el parque (1991), El aprendiz de mago (1992), El capitán de tres cabezas (1995), Cuchilla (2000), El hombre que quería escribir una carta (2002) y Teresita cantaba (2002). Su obra ha sido traducida al italiano, sueco, danés, finlandés, noruego y alemán


miércoles, 11 de septiembre de 2013

Un oratorio para las putas.
             Dora Luz Echeverría








…y el canto de todos, que es mi propio canto…

Las monjitas necesitan un oratorio –me dijo Diego un día mientras revisábamos la obra.
Venía hablando de las monjas desde hacía más de un mes, el mismo tiempo que llevábamos en las reformas arquitectónicas de un laboratorio.  Casi todas las mañanas tomábamos tintico envenenado con canela y hablábamos de la otra reforma, esa del alma y de la vida en momentos en los que la única salida posible es la verdad con uno mismo: Diego había decidido separarse de una bella mujer con la que tenía dos hijos, innumerables perros y una  historia de convivencia armoniosa que ya no podía seguir manteniendo sin traicionarse a sí mismo.

Entonces decidió vivir de verdad, por dolorosa que fuera, así muy pocos comprendieran ese paso tan difícil al que solo sigue el encuentro con la soledad.
En el descubrimiento de su nueva vida pocas cosas del pasado lo acompañaron.  Unas de ellas fueron las monjitas.  Según me contaba, tenía una casa arriba de la iglesia de San Benito donde trabajaban con las prostitutas del Centro.  Las había conocido gracias a un amigo que les ayudaba esporádicamente, y Diego, que se sentía entonces tan perdido como triste, se dedicó a buscar todo tipo de colaboración para ellas.
Auque tenía algunos prejuicios frente a las obras de caridad, fui incapaz de negarme cuando me pidió una opinión sobre lo del oratorio.  Pensé que podría hacerme la loca y salir del paso con alguna observación trivial, pero el entusiasmo de Diego era contagioso.

Bajamos temprano en la mañana por Ayacucho hasta el Parque Berrío, lo cruzamos en diagonal y caminamos por Boyacá hasta que un olor a pan recién hecho que invadía la calle nos invitó a desayunar.
-Aquí es- dijo.
Pedí un croissant con café mientras él saludaba con cara de muy conocido a todo el mundo: las panaderas, con el pelo algo más teñido que lo normal; la cajera, con un escote algo desproporcionado para las ocho de la mañana; y otras dos mujeres, de blusa y cara lavada, que se adelantaron risueñas a estrecharme la mano.
-¿Entonces usted es la arquitecta?
-dijo la mayor de ellas.
A pesar de la pequeña cruz  al cuello y de ese aire indefinible que proporciona la virginidad, pensé que podrían confundirse con alguna oficinista gris.
Pero sonreían tan felizmente cuando me mostraron el lugar para el futuro oratorio, algo más grande que un hall, donde habían acomodado tres bancas  regaladas y una imagen de la Virgen contra una ventana, que caí, como Diego, en sus redes.

Mientras evaluábamos el espacio disponible, otras tres mujeres, con evidente cara de trasnocho, salieron de un saloncito donde había varias máquinas de coser.
-       ¿Sí nos van a hecer un oratorio?
-       Dijo una de ellas mirándome escrutadora-.  De pronto así sí podemos rezar tranquilas.
Al hablar con la hermana María de los Ángeles supe que había sido ella la de la idea, porque en la la iglesia de san Benito las prostitutas se sentían muy mal:  normalmente entraban a primera hora de la mañana, después de una noche de trabajo, y las beatas se molestaban con su presencia, o al menos ellas así lo sentían.  En cambio a la casa de las monjitas podían llegar a cualquier hora y eran más que bienvenidas: había café, y nunca, nunca una palabra de reproche.
Cuando la hermana me contó cuál era su filosofía frente a ellas –siempre las llamaba así, ellas-, pensé que no era posible tanta belleza, hasta que después de varias semanas lo puede comprobar.  No se trataba de critar, de juzgar, de condenar; ese espacio estaba abierto siempre para oír, apoyar, ayudar.

-En algún momento ellas se tienen que retirar, por viejas, por aporreadas, por cansancio, y entonces, ¿qué van a hacer? –me dijo.
Comenzaron por enseñales panadería –la hermana Consuelo sabía hacer panes-, y abrieron una pequeña cafetería a la entrada de la casa.  Después llegó Willy, un travesti que sabía de peluquería, y les enseñó el oficio a algunas.  Lo del taller de costura resultó todo un éxito cuando Rosalba, retirada del oficio después de haber viajado a Holanda y de ahorrar lo suficiente para comprar un lote y construir una casa de tres pisos, puso una maquila de ropa de cama en la plancha.  Rosalba solía llegar temprano, de tacones altos y pelo recogido, saludando con voz chillona y estridente.  Daba consejos y ofrecía trabajo si alguna llegaba aporreada.
En eso se parecía a las monjitas.
-Cada cual sabe hasta dónde llega
-les decía.
El día de la inauguración del oratorio hubo desayuno para todos.  Todos éramos Diego y yo, las monjitas y ellas.
Sacaron al patio de atrás la mesa de corte, inmensa, para que todas las que llegaran pudieran sentarse, y pusieron bandejas llenas de parva hecha en la casa y olletas de chocolate caliente.  La hermana sabía que yo tocaba guitarra y, entre anécdotas a veces subidas de tono que nunca ruborizaron a las monjitas, tarareamos boleros tranochados.  Después de contarles la historia de Gracias a la vida, la canción de Violeta Parra, la cantamos una y otra vez.  De pronto, Rosalba se quedó mirando con desparpajo a la más joven de las monjitas, bella como la virgencita que presidía el oratorio.
-¿Sabe qué hermanita? Lo que me da mucha tristeza es que no sepa de lo que se está perdiendo –le dijo llena de malicia.
Recuerdo la cara de la monjita, ya sí coloradita, en medio del silencio que todos hicimos.  Y la frase de la hermana María de los Ángeles, a la que siguió una carcajada unámime.
-Vos tampoco, mijita.


Tomado de:  Periodico Universo Centro. Número 48 – agosto 2013, pagina 12.




El canto del antioqueño


Epifanio Mejía.
Nací sobre una montaña: mi dulce madre me cuenta que el sol alumbró mi cuna sobre una pelada sierra.
Nací libre como el viento de las selvas antioqueñas; como el cóndor de losa Andes que de monte en monte vuela
Pichón de águila que nace sobre el pico de una peña, siempre le gustan las cumbres donde los vientos refrescan
Amo al sol porque anda libre sobre la azulada esfera, al huracán porque silba con libertad en las selvas.
El hacha que mis mayores me dejaron por herencia, la quiero porque a sus golpes libres acentos resuenan.
Forjen déspotas tiranos largas y duras cadenas para el esclavo que humilde sus pies, de rodillas, besa.
Yo nací altivo y libre sobre una sierra antioqueña llevo el hierro entre las manos porque en el cuello me pesa.
Cuando desciendo hasta el valle, y oigo tocar la corneta, subo las altas montañas a dar el grito de ¡alerta!
Muchachos les digo a todos los vecinos de las selvas, la corneta está sonando… ¡Tiranos hay en la tierra!
Mis compañeros alegres, el hacha en el monte dejan para empuñar en sus manos la lanza que al sol platea. Con el morral a la espalda cruzamos llanos y cuestas; y atravesamos montañas y anchos ríos y altas sierras, y cuando al fin divisamos, allá en la llanura extensa, las toldas del enemigo que entre humo y gente blanquean, Volamos como huracanes regados sobre la tierra, ¡y ay del que espere el empuje de nuestras lanzas revueltas!
Perdonamos al rendido porque también hay nobleza en los bravos corazones Que nutren las viejas selvas.
Cuando volvemos triunfantes, las niñas de las aldeas tiran coronas de flores en nuestras frentes serenas.
A la luz de alegre tarde pálida, bronceada, fresca, de la montaña en la cima nuestras cabañas blanquean.
Bajamos cantando al valle porque el corazón se alegra; porque siempre arranca gritos la vista de nuestra tierra.
Es la oración: las campanas con golpe pausado suenan; con el morral a la espalda vamos subiendo la cuesta.
Las brisas de las colinas bajan cargadas de esencia; la luna brilla redonda y el camino amarillea.
Ladran alegres los perros detrás de las arboledas; el corazón oprimido de gozo, palpita y tiembla…
Caminamos… caminamos.. y blanquean… y blanquean… y se abren con ruido de las cabañas las puertas.
Lágrimas, gritos suspiros, besos y sonrisas tiernas, entre apretados abrazos y entre emociones, revientan.
¡Oh libertad que perfumas las montañas de mi tierra, dejan que aspiren mis hijos tus olorosas esencias!
1868




Epifanio Mejía: Poeta colombiano nacido en Yarumal Antioquia en 1838, conocido como el “poeta triste” o el “Loco Mejía”. Cuentan que era un hombre nostálgico, noble, bondadoso y que vivía de manera intensa. Fue comerciante hasta los 40 años, momento en el que perdió sus facultades para hacerlo pues enloqueció y fue recluido en un hospital mental. Permaneció recluido por varias décadas hasta que murió a los setenta y cinco años en el mismo pueblo en que nació. Sin embargo, dicen que antes de morir, recobró la razón y recibió los últimos sacramentos. Otros dudan de su sin razón y lo comparan con un Quijote criollo, escudados en la gran habilidad para componer versos que aún tenía de “loco”: componía endecasílabos e improvisaba versos con gran facilidad y gracia. Como homenaje a este poeta Antioquia tomó un poema suyo como la letra de su himno. Se trata de "El Canto del Antioqueño" que fue publicado en 1868 y el cuál fue musicalizado a finales del siglo XIX por el Maestro caucano Gonzalo Vidal. Mediante Ordenanza de 1962, fue adoptado oficialmente como el Himno de Antioquia.