Blogger Biblioteca Pública José María Vélaz

miércoles, 5 de marzo de 2014

Cuturpilla

CUTURPILLA



Hace mucho tiempo existieron dos fuertes guerreros llamados Pamusca y Paxi que eran considerados los mejores en batalla, por lo que se hicieron muy amigos, y su amistad fue sincera hasta que se enamoraron de Cuturpilla, una joven doncella que tenía un corazón bondadoso y amable.
Pamusca fue el primero que intentó enamorarla, pero su actitud era ostentosa y siempre alardeaba del amor que la princesa le demostraba, por lo que ella se sentía lastimada, pues no tenía ni un poco de amor para ese guerrero charlatán.
Por el contrario, Cuturpilla amaba en secreto a Paxi y él le correspondía con un cariño calmado, silencioso, intenso y noble, pero Pamusca ignoraba ese amor, lo que hacía que afuera, en el combate, los dos trabajaran en equipo y juntos pudieron dar muerte a muchos invasores que querían  someter a su tribu, por lo que el cacique vivía agradecido con los jóvenes valientes.
Un día Pamusca decidido a conseguir a Cuturpilla, le declaró su amor y le pidió que fuera su esposa, pero la princesa, le confesó su adoración por Paxi y le dijo que jamás se casaría con él. Pamusca montó en cólera y salió a buscar al infeliz que le había robado el amor de su bella dama y cuando encontró a Paxi se abalanzó sobre él, tan lleno de rabia, que todos los hombres tuvieron que sostenerlo con fuerza, para que no hiriera a su amigo. El cacique muy preocupado trató de enfriar los ánimos de los guerreros, pero ninguno de los dos quiso escuchar sus palabras y desde ese día fueron enemigos.
Entonces, desesperado trató de convencer  a Cuturpilla para que se casara con Pamusca, pero ella se negó y el Cacique le ordenó que en adelante no podría salir de su choza, para que ellos no la vieran nunca más. Cuturpilla aceptó el mandato del jefe y Pamusca estuvo calmado por un tiempo, pero sólo pensaba en vengarse de Paxi por no haber respetado su amor por la doncella. Así que una mañana, en que tuvieron que salir a una batalla, Pamusca se metió entre el enemigo y cuando Paxi se aproximó le dio muerte con su lanza.
Los hombres llegaron triunfadores al pueblo, pero con ellos no regresó Paxi, porque según dijo Pamusca, había sido herido en combate, pero de inmediato Cuturpilla supo que él le había dado muerte y corrió al campo, en donde encontró su cuerpo yerto. La doncella lloró de dolor muchos días y los dioses al ver su sufrimiento, la transformaron en un aguerrido Cóndor, que vuela las montañas de los andes, lanzando angustiosos gemidos por Paxi, el guerrero que la amó en silencio.



Autor: Franklin Barriga López
Adaptación de la leyenda titulada “Cuturpilla.  Tomado de “Leyendad y tradiciones de Cotopaxi” Editorial Pío XXI.  Ambato-Ecuador, pás.35-39.  Pertenece a la tradición oral.
Tomado de: América y sus leyendas tomo F
VOLUNTAD





El trabajo en equipo: "Cuento de las herramientas"

El trabajo en equipo: “El cuento de las herramientas”



En un pequeño pueblo, existía una diminuta carpintería famosa por los muebles que allí se fabricaban. Cierto día las herramientas decidieron reunirse en asamblea para dirimir sus diferencias. Una vez estuvieron todas reunidas, el martillo, en su calidad de presidente tomó la palabra.
-Queridos compañeros, ya estamos constituidos en asamblea. ¿Cuál es el problema?. -Tienes que dimitir- exclamaron muchas voces.
-¿Cuál es la razón? – inquirió el martillo. -¡Haces demasiado ruido!- se oyó al fondo de la sala, al tiempo que las demás afirmaban con sus gestos. -Además -agregó otra herramienta-, te pasas el día golpeando todo.
El martillo se sintió triste y frustrado. _Está bien, me iré si eso es lo que queréis. ¿Quién se propone como presidente?.
-Yo, se autoproclamó el tornillo -De eso nada -gritaron varias herramientas-.Sólo sirves si das muchas vueltas y eso nos retrasa todo.
-Seré yo -exclamó la lija- -¡Jamás!-protesto la mayoría-. Eres muy áspera y siempre tienes fricciones con los demás.
-¡Yo seré el próximo presidente! -anuncio el metro. -De ninguna manera, te pasas el día midiendo a los demás como si tus medidas fueran las únicas válidas – dijo una pequeña herramienta.
En esa discusión estaban enfrascados cuando entró el carpintero y se puso a trabajar. Utilizó todas y cada una de las herramientas en el momento oportuno. Después de unas horas de trabajo, los trozos de madera apilados en el suelo fueron convertidos en un precioso mueble listo para entregar al cliente. El carpintero se levantó, observó el mueble y sonrió al ver lo bien que había quedado. Se quitó el delantal de trabajo y salió de la carpintería.
De inmediato la Asamblea volvió a reunirse y el alicate tomo la palabra: “Queridos compañeros, es evidente que todos tenemos defectos pero acabamos de ver que nuestras cualidades hacen posible que se puedan hacer muebles tan maravillosos como éste”. Las herramientas se miraron unas a otras sin decir nada y el alicate continuo: “son nuestras cualidades y no nuestros defectos las que nos hacen valiosas. El martillo es fuerte y eso nos hace unir muchas piezas. El tornillo también une y da fuerza allí donde no actúa el martillo. La lija lima aquello que es áspero y pule la superficie. El metro es preciso y exacto, nos permite no equivocar las medidas que nos han encargado. Y así podría continuar con cada una de vosotras.
Después de aquellas palabras todas las herramientas se dieron cuenta que sólo el trabajo en equipo les hacía realmente útiles y que debían de fijarse en las virtudes de cada una para conseguir el éxito.

Autor: Juan Mateo
Título: Los cuentos que mi jefe nunca me contó



DABEIBA



Mito Catío1  
             “Desde el principio Dabeiba existió;
Entre su pueblo catío la más bella,
Mucha cosa a enseñar se quedó,
Hasta el día que Karagabí a ella,
Al ver todo hecho, al cielo llamó”.

Cuando el mundo todavía estaba joven vivió entre los catíos, desde el comienzo de los tiempos, una bellísima mujer llamada Dabeiba, que durante muchos años se dedicó a enseñar a su pueblo todas las cosas.  Tomaba los bejucos y las hojas con sus delicadas manos e iba tejiendo los canastos, las esteras, las chinas para avivar el fuego; miraba con paciencia cómo los hombres aprendían y los corregía cuando se equivocaban, hasta que los tejidos quedaban bien hechos.  Tomaba la greda, la mezclaba con agua y hacia vasijas, platos, ollas y muchas otras cosas; así, los alfareros conocieron su oficio.

Dabeiba, la bella, hija de Karagabí, Señor del Cielo, no se cansaba de enseñar.  Mostró al catío la manera como debía pintarse el cuerpo y escoger los colores: el rojo del achiote, el amarillo de la piña, el azabache de la jagua.  Con el tallo del huito le enseñó a teñir los dientes.  También impuso el sabor de algunas plantas, como el amargo del cacao y el agridulce del mamoncillo.  Cuando estuvo segura de que la gente sabía pintarse el cuerpo, sacar los colores de las plantas y reconocer el sabor de algunos alimentos, les enseño a sembrar y a cosechar la yuca y el maíz.  Después de mucho esfuerzo, los indios aprendieron todas las cosas, y la labor de Dabeiba terminó.


Cuando Karagabí vio que su obra estaba completa, la llamó para que se reuniera con él en el cielo.  Un día, al amanecer, Dabeiba subió al cerro León y, desde lo más alto, se elevó lentamente para volver al seno de su padre.  A pesar de que era muy temprano, de que la neblina se levantaba sobre las quebradas, de los truenos y del asomo de lluvia, algunos indios la vieron subir y subir hasta perderse entre las nubes, más arriba de las copas de los árboles.  Ya desde el cielo, para que los indios la recuerden y sean buenos, ella les manda truenos, terremotos y tormentas.  Por eso dicen que Dabeiba es la diosa de las tempestades.

1 Aborígenes que habitan en el noroeste de Antioquia, del río Tonusco hasta Ituango.  En el pasado, se destacaron por su orfebrería y su fiera resistencia a los conquietadores.

Tomado de: Mitos y leyendas de Colombia: tradición oral indígena y campesina.
Autores: Mauricio Galindo Caballero
Carlos Augusto García López
Jorge Valencia Cuéllar

INTERMEDIO: 2003

Para subir al cielo

Para subir al cielo (fragmento)

             Evelio José  Rosero Diago

Ayer en la mañana vino a la granja un desconocido. Traía en sus manos una escalera de madera, bastante larga, color azul. Yo estaba sentado a la sombra de los naranjos, y me preguntaba qué iba a hacer durante el día para ser feliz. Entonces llegó el desconocido, se detuvo a la entrada de la granja, puso la escalera junto a él y la soltó. No sucedió lo que yo suponía: que la escalera se iba a caer. No. La escalera siguió de pie, sola, como apoyada en el aire, igual que si esperara muy tranquila a que alguien subiera por ella.
-¿es usted el que es? –me preguntó el desconocido.
-si, soy yo –le respondí.
-Le envían esta escalera, como regalo.
Me acerqué. –Es una escalera muy rara –dije-. Nadie la sostiene. Y no se cae.
Me puse a contemplarla al derecho y al revés; di una vuelta en torno suyo, la toqué, no hizo nada. Entonces yo mismo la puse en otro lugar, sin apoyarla. Y la escalera no se cayó. Siguió de pie. Incluso me pareció que, al cambiarla de sitio, la escalera crecía.
Crecía.
Eso me pareció.
-¿y puedo saber quién me la envía? –pregunté.
-No quiero decirlo –dijo el desconocido-. Solo sé que usted es el que es y que ahora usted es el dueño de la escalera.
-Eugenia - dije-. Estoy seguro que Eugenia Flor me envía esta escalera.
El desconocido se encogió de hombros.
-puede ser –dijo.
-Es Eugenia. Estoy seguro –repetí.
Eugenia Flor es la muchacha que ordeña las vacas de la vereda. Todos los días me hace un regalo, a escondidas, sin que yo me dé cuenta. Un día me regaló una gardenia, y la puso en la ventana de mi cuarto, la misma ventana que yo abro todas las mañanas para que entre el sol. Sólo que en esa  ocasión entró primero el perfume blanco de la gardenia, dulce y delgado, igual que una voz, la voz de Eugenia cuando canta mientras ordeña las vacas cada madrugada. Otro día me dio un regalo que me asustó: un cucarrón verde. Y  lo puso debajo de mi almohada, de modo que, al acostarme, no demoré en escuchar un ronroneo de alas, muy cerca de mi cabeza. Quité la almohada y lo vi, a la luz de la luna: de un verde resplandeciente. El cucarrón verde también me miraba y luego se echó a volar.  Han sido tantos los regalos que Eugenia me deja en secreto, todos los días, que escribiría mi vida enumerándolos. Una mañana, por ejemplo, iba subiendo por la montaña y sentí sed; estaba fatigado y muy lejos de los naranjos. Me recosté contra una piedra y me dormí; no debí dormir mucho porque al abrir los ojos el sol seguía en la mitad el cielo y la sed me calcinaba la garganta como un terrón de sal. Entonces apareció el regalo, a mi lado: una totuma de agua pura y fría –endulzada con flores de naranjo- que yo bebí pensado en la sonrisa de Eugenia, en su voz como agua. Eugenia debía encontrarse escondida en algún lugar, observándome. «¿Eugenia?» pregunté, pero no me respondió. Así es Eugenia. En su lugar respondió el pájaro amarillo, canturreando en lo más alto de un eucalipto y, después, el susurro largo de la brisa, acariciándome. Así son los regalos de Eugenia: un lápiz y una hoja blanca en el bolsillo de mi camisa, una golondrina en el cielo, la luna en la noche cuando despierto de pronto y estoy solo.  Y siempre que veo a Eugenia, al encontrarla de pronto en el bosque, o en el valle, o a la orilla del río, ella me sonríe y se pone roja como un tomate, y yo me río con ella y no le digo que yo sé que es ella, Eugenia, la de los regalos. Ella sabe que yo sé, pero no decimos nada, y sólo nos miramos y reímos. Y así seguimos, cada uno por su lado, riéndonos.
«Y ahora me regala una escalera», pensé.
-Pero, ¿Por qué una escalera? –Pregunté al desconocido-. ¿Para qué?
-Para subir al cielo –me dijo-.
Esta escalera se hizo únicamente para eso. Claro que si usted desea emplearla para subir a un árbol… también le servirá. O podría subir al techo de la casa, o… subir donde quiera, pero entonces no estaría ya usándola como se debe. Cometería un error, la escalera se pondría triste… Sería una triste escalera…
El desconocido se puso a mirar las nubes. Y suspiró, impaciente.
-Bueno, adiós –dijo-. He caminado por muchos mundos para traerle su escalera. Es suya. Usted la pidió.
-¿Yo? –pregunté.
No recordé pedirle a Eugenia una escalera, jamás. La última vez que nos vimos estaba ordeñando la vaca de la señora Teresa, y yo llegué. Eugenia vestía de azul –como la escalera-, tenía un manojo de flores de monte atado a su pelo, y parecía cantar en silencio. Arrodillada, no se había percatado de mi presencia. Sus manos eran tan blancas como la leche que ordeñaba. Cuando me descubrió, a sus espaldas, por poco tumba la tina donde la leche espumeaba. Se asustó. Se asustó Eugenia y se asustó la vaca porque mugió. Me reí del susto de Eugenia y de la vaca y las dejé. Pero no recuerdo que esa vez le haya pedido una escalera de regalo, aunque debo recordar ahora que tampoco, nunca le pedí una gardenia y, sin embargo, me la regaló. Así son los regalos de Eugenia: una sorpresa por la espalda, como yo.
-¿Conoce usted a Eugenia?
-pregunté al desconocido.
-puede ser –dijo. Y volvió a mirar al cielo, se rascó una oreja y bostezó-. Mire –dijo, extendiéndome un papel y un lápiz, idénticos a los que un día Eugenia me regaló en secreto-. Este es el recibo. Firme debajo, y listo. Tengo que irme. Debo llevar otros encargos, me espera un largo día de trabajo.
Parecía de verdad muy impaciente. De modo que leí el papel. Decía:

Yo, el que soy,
declaro recibir la escalera
para subir al cielo en perfecto estado.

-Firme debajo –repitió el desconocido, y me alargó el lápiz. Yo firmé. Puse: Yo. Y, más abajo, en letras pequeñísimas, añadí:

Gracias Eugenia
Por la escalera

Y apenas hube terminado de escribir se escuchó un trueno espantoso, la mañana entera se oscureció y un viento de horror inclinó las ramas de los naranjos hasta rozar la tierra y me hizo cerrar los ojos. Cuando volví a abrirlos, la mañana recuperó su luz. El mundo respiraba tranquilo y el desconocido había desaparecido. En su lugar había una paloma.
Y la escalera seguía ahí…

Tomado de: Para Subir al cielo.
Autor: Evelio José Rosero Diago
MAGISTERIO


Evelio José Rosero: Nació en Bogotá en 1958. Es periodista, cuentista y novelista, y tiene una reconocida trayectoria literaria. Su creación incursiona tanto en la literatura para adultos como en la literatura para jóvenes y niños. Su obra para jóvenes y niños ha merecido varios reconocimientos nacionales e internacionales, como el premio iberoamericano del libro de cuentos Netzahualcóyotl, el premio nacional Fundalectura, el premio nacional Colcultura, el premio Norma-Fundalectura, el premio Enka, el premio Comfamiliar y la beca Ernesto Sábato para jóvenes escritores colombianos.
Algunas de sus obras más conocidas son El incendiado (1988), Cuentos para mirar un perro y otros cuentos (1989), Pelea en el parque (1991), El aprendiz de mago (1992), El capitán de tres cabezas (1995), Cuchilla (2000), El hombre que quería escribir una carta (2002) y Teresita cantaba (2002). Su obra ha sido traducida al italiano, sueco, danés, finlandés, noruego y alemán