miércoles, 5 de marzo de 2014

DABEIBA



Mito Catío1  
             “Desde el principio Dabeiba existió;
Entre su pueblo catío la más bella,
Mucha cosa a enseñar se quedó,
Hasta el día que Karagabí a ella,
Al ver todo hecho, al cielo llamó”.

Cuando el mundo todavía estaba joven vivió entre los catíos, desde el comienzo de los tiempos, una bellísima mujer llamada Dabeiba, que durante muchos años se dedicó a enseñar a su pueblo todas las cosas.  Tomaba los bejucos y las hojas con sus delicadas manos e iba tejiendo los canastos, las esteras, las chinas para avivar el fuego; miraba con paciencia cómo los hombres aprendían y los corregía cuando se equivocaban, hasta que los tejidos quedaban bien hechos.  Tomaba la greda, la mezclaba con agua y hacia vasijas, platos, ollas y muchas otras cosas; así, los alfareros conocieron su oficio.

Dabeiba, la bella, hija de Karagabí, Señor del Cielo, no se cansaba de enseñar.  Mostró al catío la manera como debía pintarse el cuerpo y escoger los colores: el rojo del achiote, el amarillo de la piña, el azabache de la jagua.  Con el tallo del huito le enseñó a teñir los dientes.  También impuso el sabor de algunas plantas, como el amargo del cacao y el agridulce del mamoncillo.  Cuando estuvo segura de que la gente sabía pintarse el cuerpo, sacar los colores de las plantas y reconocer el sabor de algunos alimentos, les enseño a sembrar y a cosechar la yuca y el maíz.  Después de mucho esfuerzo, los indios aprendieron todas las cosas, y la labor de Dabeiba terminó.


Cuando Karagabí vio que su obra estaba completa, la llamó para que se reuniera con él en el cielo.  Un día, al amanecer, Dabeiba subió al cerro León y, desde lo más alto, se elevó lentamente para volver al seno de su padre.  A pesar de que era muy temprano, de que la neblina se levantaba sobre las quebradas, de los truenos y del asomo de lluvia, algunos indios la vieron subir y subir hasta perderse entre las nubes, más arriba de las copas de los árboles.  Ya desde el cielo, para que los indios la recuerden y sean buenos, ella les manda truenos, terremotos y tormentas.  Por eso dicen que Dabeiba es la diosa de las tempestades.

1 Aborígenes que habitan en el noroeste de Antioquia, del río Tonusco hasta Ituango.  En el pasado, se destacaron por su orfebrería y su fiera resistencia a los conquietadores.

Tomado de: Mitos y leyendas de Colombia: tradición oral indígena y campesina.
Autores: Mauricio Galindo Caballero
Carlos Augusto García López
Jorge Valencia Cuéllar

INTERMEDIO: 2003

Para subir al cielo

Para subir al cielo (fragmento)

             Evelio José  Rosero Diago

Ayer en la mañana vino a la granja un desconocido. Traía en sus manos una escalera de madera, bastante larga, color azul. Yo estaba sentado a la sombra de los naranjos, y me preguntaba qué iba a hacer durante el día para ser feliz. Entonces llegó el desconocido, se detuvo a la entrada de la granja, puso la escalera junto a él y la soltó. No sucedió lo que yo suponía: que la escalera se iba a caer. No. La escalera siguió de pie, sola, como apoyada en el aire, igual que si esperara muy tranquila a que alguien subiera por ella.
-¿es usted el que es? –me preguntó el desconocido.
-si, soy yo –le respondí.
-Le envían esta escalera, como regalo.
Me acerqué. –Es una escalera muy rara –dije-. Nadie la sostiene. Y no se cae.
Me puse a contemplarla al derecho y al revés; di una vuelta en torno suyo, la toqué, no hizo nada. Entonces yo mismo la puse en otro lugar, sin apoyarla. Y la escalera no se cayó. Siguió de pie. Incluso me pareció que, al cambiarla de sitio, la escalera crecía.
Crecía.
Eso me pareció.
-¿y puedo saber quién me la envía? –pregunté.
-No quiero decirlo –dijo el desconocido-. Solo sé que usted es el que es y que ahora usted es el dueño de la escalera.
-Eugenia - dije-. Estoy seguro que Eugenia Flor me envía esta escalera.
El desconocido se encogió de hombros.
-puede ser –dijo.
-Es Eugenia. Estoy seguro –repetí.
Eugenia Flor es la muchacha que ordeña las vacas de la vereda. Todos los días me hace un regalo, a escondidas, sin que yo me dé cuenta. Un día me regaló una gardenia, y la puso en la ventana de mi cuarto, la misma ventana que yo abro todas las mañanas para que entre el sol. Sólo que en esa  ocasión entró primero el perfume blanco de la gardenia, dulce y delgado, igual que una voz, la voz de Eugenia cuando canta mientras ordeña las vacas cada madrugada. Otro día me dio un regalo que me asustó: un cucarrón verde. Y  lo puso debajo de mi almohada, de modo que, al acostarme, no demoré en escuchar un ronroneo de alas, muy cerca de mi cabeza. Quité la almohada y lo vi, a la luz de la luna: de un verde resplandeciente. El cucarrón verde también me miraba y luego se echó a volar.  Han sido tantos los regalos que Eugenia me deja en secreto, todos los días, que escribiría mi vida enumerándolos. Una mañana, por ejemplo, iba subiendo por la montaña y sentí sed; estaba fatigado y muy lejos de los naranjos. Me recosté contra una piedra y me dormí; no debí dormir mucho porque al abrir los ojos el sol seguía en la mitad el cielo y la sed me calcinaba la garganta como un terrón de sal. Entonces apareció el regalo, a mi lado: una totuma de agua pura y fría –endulzada con flores de naranjo- que yo bebí pensado en la sonrisa de Eugenia, en su voz como agua. Eugenia debía encontrarse escondida en algún lugar, observándome. «¿Eugenia?» pregunté, pero no me respondió. Así es Eugenia. En su lugar respondió el pájaro amarillo, canturreando en lo más alto de un eucalipto y, después, el susurro largo de la brisa, acariciándome. Así son los regalos de Eugenia: un lápiz y una hoja blanca en el bolsillo de mi camisa, una golondrina en el cielo, la luna en la noche cuando despierto de pronto y estoy solo.  Y siempre que veo a Eugenia, al encontrarla de pronto en el bosque, o en el valle, o a la orilla del río, ella me sonríe y se pone roja como un tomate, y yo me río con ella y no le digo que yo sé que es ella, Eugenia, la de los regalos. Ella sabe que yo sé, pero no decimos nada, y sólo nos miramos y reímos. Y así seguimos, cada uno por su lado, riéndonos.
«Y ahora me regala una escalera», pensé.
-Pero, ¿Por qué una escalera? –Pregunté al desconocido-. ¿Para qué?
-Para subir al cielo –me dijo-.
Esta escalera se hizo únicamente para eso. Claro que si usted desea emplearla para subir a un árbol… también le servirá. O podría subir al techo de la casa, o… subir donde quiera, pero entonces no estaría ya usándola como se debe. Cometería un error, la escalera se pondría triste… Sería una triste escalera…
El desconocido se puso a mirar las nubes. Y suspiró, impaciente.
-Bueno, adiós –dijo-. He caminado por muchos mundos para traerle su escalera. Es suya. Usted la pidió.
-¿Yo? –pregunté.
No recordé pedirle a Eugenia una escalera, jamás. La última vez que nos vimos estaba ordeñando la vaca de la señora Teresa, y yo llegué. Eugenia vestía de azul –como la escalera-, tenía un manojo de flores de monte atado a su pelo, y parecía cantar en silencio. Arrodillada, no se había percatado de mi presencia. Sus manos eran tan blancas como la leche que ordeñaba. Cuando me descubrió, a sus espaldas, por poco tumba la tina donde la leche espumeaba. Se asustó. Se asustó Eugenia y se asustó la vaca porque mugió. Me reí del susto de Eugenia y de la vaca y las dejé. Pero no recuerdo que esa vez le haya pedido una escalera de regalo, aunque debo recordar ahora que tampoco, nunca le pedí una gardenia y, sin embargo, me la regaló. Así son los regalos de Eugenia: una sorpresa por la espalda, como yo.
-¿Conoce usted a Eugenia?
-pregunté al desconocido.
-puede ser –dijo. Y volvió a mirar al cielo, se rascó una oreja y bostezó-. Mire –dijo, extendiéndome un papel y un lápiz, idénticos a los que un día Eugenia me regaló en secreto-. Este es el recibo. Firme debajo, y listo. Tengo que irme. Debo llevar otros encargos, me espera un largo día de trabajo.
Parecía de verdad muy impaciente. De modo que leí el papel. Decía:

Yo, el que soy,
declaro recibir la escalera
para subir al cielo en perfecto estado.

-Firme debajo –repitió el desconocido, y me alargó el lápiz. Yo firmé. Puse: Yo. Y, más abajo, en letras pequeñísimas, añadí:

Gracias Eugenia
Por la escalera

Y apenas hube terminado de escribir se escuchó un trueno espantoso, la mañana entera se oscureció y un viento de horror inclinó las ramas de los naranjos hasta rozar la tierra y me hizo cerrar los ojos. Cuando volví a abrirlos, la mañana recuperó su luz. El mundo respiraba tranquilo y el desconocido había desaparecido. En su lugar había una paloma.
Y la escalera seguía ahí…

Tomado de: Para Subir al cielo.
Autor: Evelio José Rosero Diago
MAGISTERIO


Evelio José Rosero: Nació en Bogotá en 1958. Es periodista, cuentista y novelista, y tiene una reconocida trayectoria literaria. Su creación incursiona tanto en la literatura para adultos como en la literatura para jóvenes y niños. Su obra para jóvenes y niños ha merecido varios reconocimientos nacionales e internacionales, como el premio iberoamericano del libro de cuentos Netzahualcóyotl, el premio nacional Fundalectura, el premio nacional Colcultura, el premio Norma-Fundalectura, el premio Enka, el premio Comfamiliar y la beca Ernesto Sábato para jóvenes escritores colombianos.
Algunas de sus obras más conocidas son El incendiado (1988), Cuentos para mirar un perro y otros cuentos (1989), Pelea en el parque (1991), El aprendiz de mago (1992), El capitán de tres cabezas (1995), Cuchilla (2000), El hombre que quería escribir una carta (2002) y Teresita cantaba (2002). Su obra ha sido traducida al italiano, sueco, danés, finlandés, noruego y alemán


miércoles, 11 de septiembre de 2013

Un oratorio para las putas.
             Dora Luz Echeverría








…y el canto de todos, que es mi propio canto…

Las monjitas necesitan un oratorio –me dijo Diego un día mientras revisábamos la obra.
Venía hablando de las monjas desde hacía más de un mes, el mismo tiempo que llevábamos en las reformas arquitectónicas de un laboratorio.  Casi todas las mañanas tomábamos tintico envenenado con canela y hablábamos de la otra reforma, esa del alma y de la vida en momentos en los que la única salida posible es la verdad con uno mismo: Diego había decidido separarse de una bella mujer con la que tenía dos hijos, innumerables perros y una  historia de convivencia armoniosa que ya no podía seguir manteniendo sin traicionarse a sí mismo.

Entonces decidió vivir de verdad, por dolorosa que fuera, así muy pocos comprendieran ese paso tan difícil al que solo sigue el encuentro con la soledad.
En el descubrimiento de su nueva vida pocas cosas del pasado lo acompañaron.  Unas de ellas fueron las monjitas.  Según me contaba, tenía una casa arriba de la iglesia de San Benito donde trabajaban con las prostitutas del Centro.  Las había conocido gracias a un amigo que les ayudaba esporádicamente, y Diego, que se sentía entonces tan perdido como triste, se dedicó a buscar todo tipo de colaboración para ellas.
Auque tenía algunos prejuicios frente a las obras de caridad, fui incapaz de negarme cuando me pidió una opinión sobre lo del oratorio.  Pensé que podría hacerme la loca y salir del paso con alguna observación trivial, pero el entusiasmo de Diego era contagioso.

Bajamos temprano en la mañana por Ayacucho hasta el Parque Berrío, lo cruzamos en diagonal y caminamos por Boyacá hasta que un olor a pan recién hecho que invadía la calle nos invitó a desayunar.
-Aquí es- dijo.
Pedí un croissant con café mientras él saludaba con cara de muy conocido a todo el mundo: las panaderas, con el pelo algo más teñido que lo normal; la cajera, con un escote algo desproporcionado para las ocho de la mañana; y otras dos mujeres, de blusa y cara lavada, que se adelantaron risueñas a estrecharme la mano.
-¿Entonces usted es la arquitecta?
-dijo la mayor de ellas.
A pesar de la pequeña cruz  al cuello y de ese aire indefinible que proporciona la virginidad, pensé que podrían confundirse con alguna oficinista gris.
Pero sonreían tan felizmente cuando me mostraron el lugar para el futuro oratorio, algo más grande que un hall, donde habían acomodado tres bancas  regaladas y una imagen de la Virgen contra una ventana, que caí, como Diego, en sus redes.

Mientras evaluábamos el espacio disponible, otras tres mujeres, con evidente cara de trasnocho, salieron de un saloncito donde había varias máquinas de coser.
-       ¿Sí nos van a hecer un oratorio?
-       Dijo una de ellas mirándome escrutadora-.  De pronto así sí podemos rezar tranquilas.
Al hablar con la hermana María de los Ángeles supe que había sido ella la de la idea, porque en la la iglesia de san Benito las prostitutas se sentían muy mal:  normalmente entraban a primera hora de la mañana, después de una noche de trabajo, y las beatas se molestaban con su presencia, o al menos ellas así lo sentían.  En cambio a la casa de las monjitas podían llegar a cualquier hora y eran más que bienvenidas: había café, y nunca, nunca una palabra de reproche.
Cuando la hermana me contó cuál era su filosofía frente a ellas –siempre las llamaba así, ellas-, pensé que no era posible tanta belleza, hasta que después de varias semanas lo puede comprobar.  No se trataba de critar, de juzgar, de condenar; ese espacio estaba abierto siempre para oír, apoyar, ayudar.

-En algún momento ellas se tienen que retirar, por viejas, por aporreadas, por cansancio, y entonces, ¿qué van a hacer? –me dijo.
Comenzaron por enseñales panadería –la hermana Consuelo sabía hacer panes-, y abrieron una pequeña cafetería a la entrada de la casa.  Después llegó Willy, un travesti que sabía de peluquería, y les enseñó el oficio a algunas.  Lo del taller de costura resultó todo un éxito cuando Rosalba, retirada del oficio después de haber viajado a Holanda y de ahorrar lo suficiente para comprar un lote y construir una casa de tres pisos, puso una maquila de ropa de cama en la plancha.  Rosalba solía llegar temprano, de tacones altos y pelo recogido, saludando con voz chillona y estridente.  Daba consejos y ofrecía trabajo si alguna llegaba aporreada.
En eso se parecía a las monjitas.
-Cada cual sabe hasta dónde llega
-les decía.
El día de la inauguración del oratorio hubo desayuno para todos.  Todos éramos Diego y yo, las monjitas y ellas.
Sacaron al patio de atrás la mesa de corte, inmensa, para que todas las que llegaran pudieran sentarse, y pusieron bandejas llenas de parva hecha en la casa y olletas de chocolate caliente.  La hermana sabía que yo tocaba guitarra y, entre anécdotas a veces subidas de tono que nunca ruborizaron a las monjitas, tarareamos boleros tranochados.  Después de contarles la historia de Gracias a la vida, la canción de Violeta Parra, la cantamos una y otra vez.  De pronto, Rosalba se quedó mirando con desparpajo a la más joven de las monjitas, bella como la virgencita que presidía el oratorio.
-¿Sabe qué hermanita? Lo que me da mucha tristeza es que no sepa de lo que se está perdiendo –le dijo llena de malicia.
Recuerdo la cara de la monjita, ya sí coloradita, en medio del silencio que todos hicimos.  Y la frase de la hermana María de los Ángeles, a la que siguió una carcajada unámime.
-Vos tampoco, mijita.


Tomado de:  Periodico Universo Centro. Número 48 – agosto 2013, pagina 12.




El canto del antioqueño


Epifanio Mejía.
Nací sobre una montaña: mi dulce madre me cuenta que el sol alumbró mi cuna sobre una pelada sierra.
Nací libre como el viento de las selvas antioqueñas; como el cóndor de losa Andes que de monte en monte vuela
Pichón de águila que nace sobre el pico de una peña, siempre le gustan las cumbres donde los vientos refrescan
Amo al sol porque anda libre sobre la azulada esfera, al huracán porque silba con libertad en las selvas.
El hacha que mis mayores me dejaron por herencia, la quiero porque a sus golpes libres acentos resuenan.
Forjen déspotas tiranos largas y duras cadenas para el esclavo que humilde sus pies, de rodillas, besa.
Yo nací altivo y libre sobre una sierra antioqueña llevo el hierro entre las manos porque en el cuello me pesa.
Cuando desciendo hasta el valle, y oigo tocar la corneta, subo las altas montañas a dar el grito de ¡alerta!
Muchachos les digo a todos los vecinos de las selvas, la corneta está sonando… ¡Tiranos hay en la tierra!
Mis compañeros alegres, el hacha en el monte dejan para empuñar en sus manos la lanza que al sol platea. Con el morral a la espalda cruzamos llanos y cuestas; y atravesamos montañas y anchos ríos y altas sierras, y cuando al fin divisamos, allá en la llanura extensa, las toldas del enemigo que entre humo y gente blanquean, Volamos como huracanes regados sobre la tierra, ¡y ay del que espere el empuje de nuestras lanzas revueltas!
Perdonamos al rendido porque también hay nobleza en los bravos corazones Que nutren las viejas selvas.
Cuando volvemos triunfantes, las niñas de las aldeas tiran coronas de flores en nuestras frentes serenas.
A la luz de alegre tarde pálida, bronceada, fresca, de la montaña en la cima nuestras cabañas blanquean.
Bajamos cantando al valle porque el corazón se alegra; porque siempre arranca gritos la vista de nuestra tierra.
Es la oración: las campanas con golpe pausado suenan; con el morral a la espalda vamos subiendo la cuesta.
Las brisas de las colinas bajan cargadas de esencia; la luna brilla redonda y el camino amarillea.
Ladran alegres los perros detrás de las arboledas; el corazón oprimido de gozo, palpita y tiembla…
Caminamos… caminamos.. y blanquean… y blanquean… y se abren con ruido de las cabañas las puertas.
Lágrimas, gritos suspiros, besos y sonrisas tiernas, entre apretados abrazos y entre emociones, revientan.
¡Oh libertad que perfumas las montañas de mi tierra, dejan que aspiren mis hijos tus olorosas esencias!
1868




Epifanio Mejía: Poeta colombiano nacido en Yarumal Antioquia en 1838, conocido como el “poeta triste” o el “Loco Mejía”. Cuentan que era un hombre nostálgico, noble, bondadoso y que vivía de manera intensa. Fue comerciante hasta los 40 años, momento en el que perdió sus facultades para hacerlo pues enloqueció y fue recluido en un hospital mental. Permaneció recluido por varias décadas hasta que murió a los setenta y cinco años en el mismo pueblo en que nació. Sin embargo, dicen que antes de morir, recobró la razón y recibió los últimos sacramentos. Otros dudan de su sin razón y lo comparan con un Quijote criollo, escudados en la gran habilidad para componer versos que aún tenía de “loco”: componía endecasílabos e improvisaba versos con gran facilidad y gracia. Como homenaje a este poeta Antioquia tomó un poema suyo como la letra de su himno. Se trata de "El Canto del Antioqueño" que fue publicado en 1868 y el cuál fue musicalizado a finales del siglo XIX por el Maestro caucano Gonzalo Vidal. Mediante Ordenanza de 1962, fue adoptado oficialmente como el Himno de Antioquia.

miércoles, 10 de julio de 2013

El otro subdesarrollo

El otro subdesarrollo
Llevo el hierro entre las manos
porque en el cuello me pesa.
Epifanio Mejía.  Himno Antioqueño

El prisionero había gemido entre sus cadenas al año de tenerlas empezó su oxidación. Por eso cuando escuchó los gritos afuera asomó difícilmente por la ventanilla abarrotada, que durante ese año le diera avaramente un poco de aire y de luz.

-“Ya llegan” –se dijo, los ojos sin asombro, débiles ya sus músculos de tanto permanecer quietos y torturados .
Escuchó disparos contra sus carceleros, oyó el golpe de cuerpos al caer, supo que venían a liberarlo y que triunfaría la revolución que él mismo anunciara con arengas y posturas de héroe, un poco retórico y vanidoso en sus afanes. Tuvo cierta fortaleza de recién llegado, un grito de entusiasmo pasajero, por no sentirse demasiado solo. Su debilidad estrepitosa lo había llevado al calabozo donde ahora yacía, grillos en los pies, cadenas en las manos, con la poca luz y el poco aire que filtraban los barrotes de su celda.
-¡Aquí estamos, compañero! –oyó la voz del viejo camarada al tiempo que abrían la puerta con sonido metálico: en el vano se destacó la figura franca de Pedro, un luchador.

-Ya estás libre, la revolución ganará –y se acercó para quitarle grillos y esposas. El prisionero se le quedó mirando, en segundos rehízo su propia lucha de héroe clandestino a héroe prisionero, de torturado a sometido, de sometido a liberado.
-¿Qué quieres? –preguntó. Pedro lo detalló, incrédulos los ojos a la pregunta, inocentes en la desorientación.
-¡Te hemos rescatado! –gritó, porque no entendía-.
¡Vamos!

El otro vio sus derredores de todo un año donde la queja se le hizo habitual, como la oscuridad entre los muros. Al principio había escrito en ellas fechas decisivas con un carbón, después olvidó números y fechas.
-¡Cuánto falta? –preguntó, desalentado.
-No sabemos. Tal vez mucho, pero vamos a ganar.
El otro no se movió. Entre el eco de los disparos y el olor de sangre y pólvora volvió a sentarse en el banquillo, miró los hierros eslabonados.
-¿Para qué? –dijo, los ojos al suelo-. Yo me quedo, ustedes le tienen miedo a las cadenas.
Era su otra manera de sentirse héroe, las escasas palabras que iban quedando a su derrota.
-sí –dijo Pedro entre el olor de la pólvora-. Te hacen falta las cadenas.
Y se fue retirando, triste y rabioso.

Tomado de: Obras completas
Concejo de Medellín
2000


Manuel Mejía Vallejo: (Jericó, Antioquia,Colombia, 23 de abril de 1923 - El Retiro, Antioquia, Colombia, 23 de julio de 1998) fue un escritor y periodista colombiano ganador de los premios Rómulo Gallegos y Nadal. Representa la vertiente andina de la narrativa colombiana contemporánea.




martes, 4 de junio de 2013

Los buenos propósitos



Los buenos Propósitos
El Buen Lector espera las vacaciones con impaciencia. Para las semanas que pasará en una solitaria localidad marítima o montañosa, ha reservado cierto número de lecturas de las que más le gustan  y saborea por anticipado el placer de las siestas a la sombra, el crujir de las páginas, el abandonarse a la fascinación de otros mundos a través de las tupidas líneas de los capítulos.
En cuanto se acercan las vacaciones, el Buen Lector se da una vuelta por las librerías, hojea, olfatea, se lo piensa, vuelve al día siguiente y compra; en su casa saca de las estanterías volúmenes aún intactos y los alinea entre los sujetalibros de su escritorio.
Es la época en que el alpinista sueña con la montaña que pronto escalará, y también el Buen Lector elige su montaña para dejarse la piel en ella. Por poner un ejemplo, se trata de uno de los grandes novelistas del siglo XIX, del que nunca podrá decirse que se haya leído todo, o cuyas lecturas hechas en épocas y edades dispares dejaron unos recuerdos demasiado confusos. Este verano, por fin, el Buen Lector está decidido a leer de verdad a este autor; quizá no pueda leerlo todo durante las vacaciones, pero en esas semanas atesorará una base inicial de lecturas fundamentales, y después, durante el resto del año, podrá colmar fácilmente y sin prisa sus lagunas. Entonces buscará las obras que pretenda leer en sus versiones originales, si se trata de una lengua que conozca, o si no, en la mejor traducción; prefiere los gruesos volúmenes de las ediciones de obras completas pero no desdeña los libros de bolsillo, más apropiados para leer en la playa, bajo los árboles o en el autocar. Añade algún buen ensayo o quizá un buen epistolario: tendrá compañía asegurada durante las vacaciones. Podrá granizar todo el tiempo. Los compañeros de viaje podrán resultar odiosos, los mosquitos podrán no darle tregua y la comida ser incomestible: las vacaciones no habrán sido en vano y el Buen Lector regresará enriquecido de un nuevo mundo fantástico.
Se entiende que esto no es más que el plato principal, luego habrá que pensar en la guarnición. Están las últimas novedades editoriales de las que el Buen lector quiere ponerse al día, así como las nuevas publicaciones en su ramo profesional, y para leerlas es imprescindible aprovechar esos días; y también hay que elegir algún libro de características distintas a todos los demás ya escogidos para variar y tener la posibilidad de frecuentes interrupciones, pausas y cambios de registro. Ahora, el Buen Lector tiene ante sí un plan detalladísimo de lecturas para todas las ocasiones, horas del día y estados de ánimo. Si encuentra una casa de vacaciones, quizá una casa antigua llena de recuerdos de la infancia, ¿puede haber algo más bonito que colocar un libro en cada habitación, uno en el porche, otro en la mesilla de noche, otro en la hamaca?
Es la víspera de la partida. Los libros escogidos son tantos que para transportarlos necesitaría un baúl. Comienza la labor de limpieza: “en cualquier caso éste no lo iba a leer, éste es demasiado pesado, éste no es urgente”, y la montaña de libros se desmorona, se reduce a la mitad, a un tercio. De este modo, el buen Lector se encuentra con una selección de lecturas esenciales que darán lustre a sus vacaciones. Después de hacer las maletas, todavía se quedan fuera algunos volúmenes. El programa acaba reducido a unas pocas lecturas pero todas sustanciosas: estas vacaciones serán una etapa importante en la evolución espiritual del Buen Lectura.
Los días empiezan a pasar deprisa. El Buen Lector se halla en excelente forma para hacer deporte y acumula energías a fin de alcanzar la condición física ideal para leer. Pero después de comer le entra tanto sueño que se queda dormido toda la tarde. Hay que hacer algo y para ello es de gran ayuda la compañía, que este año es insólitamente agradable. El Buen Lector hace muchas amistades y se pasa mañana y tarde en barca, de excursión y al anochecer se va de juerga hasta muy tarde. Por supuesto, para leer se requiere soledad: el Buen Lector medita un plan para escabullirse. Alimentar su inclinación por una joven rubia puede ser el mejor camino. Pero con la joven rubia se pasa la mañana jugando al tenis, la tarde jugando a la canasta y la noche bailando. En los momentos de descanso, ella no se calla nunca.
Las vacaciones han terminado. El Buen Lector vuelve a colocar los libros intactos en la maleta, piensa en el otoño, en el invierno, en los rápidos y cortos cuartos de hora que dedicará a la lectura antes de dormirse, antes de salir corriendo a la oficina, en el tranvía, en la sala de espera del dentista…  



Tomado de: Mundo escrito y mundo no escrito
Autor: Italo Calvino
Ediciones Siruela
2006



Italo Calvino: Nació en 1923 en Santiago de las Vegas (Cuba). A los dos años la familia regresó a Italia para instalarse en San Remo (Liguria). Publicó su primera novela animado por Cesare Pavese, quien le introdujo en la prestigiosa editorial Einaudi. Allí desempeñaría una importante labor como editor. De 1967 a 1980 vivió en París. Murió en 1985 en Siena, cerca de su casa de vacaciones, mientras escribía Seis propuestas para el próximo milenio. 
Con la lúcida mirada que le convirtió en uno de los escritores más destacados del siglo XX, Calvino indaga en el presente a través de sus propias experiencias en la Resistencia, en la posguerra o desde una observación incisiva del mundo contemporáneo; trata el pasado como una genealogía fabulada del hombre actual y convierte en espacios narrativos la literatura, la ciencia y la utopía.

lunes, 6 de mayo de 2013

El Maestro y su oficio


EL MAESTRO Y SU OFICIO



Alonso Takahashi

El oficio del maestro es enseñar.
Enseñar es señalar, indicar la ruta.
Hay que dar a los alumnos
la oportunidad de transitar su propio camino
y encontrar las cosas por sí mismos.
Cada vez que entregamos a un alumno
un conocimiento ya elaborado y decantado,
le estamos quitando la oportunidad de descubirlo.
Lo importante es enseñar a a prender.
En ello entra en juego la memoria y también el olvido.
A menudo el maestro debe olvidar lo que sabe
para que el alumno lo descubra.
Para Heidegger enseñar es más difícil que aprender
porque enseñar significa dejar aprender.
Más aún, el verdadero maestro
no deja aprender “nada más que el aprender”
por esto también su obrar produce a menudo
la impresión de que propiamente no se aprende nada de él,
si por “aprender” se entiende
nada más que la obtención de conocimientos útiles.
Lo esencial en el aprendizaje no es el producto sino el proceso.
Lo mismo ocurre con la creación de conocimiento.
Leibniz decía que las fuentes de la invención
son más interesantes que las invenciones mismas.
Las ideas deben nacer en la mente del alumno, sostenía Sócrates.
El aprendizaje no debe ser pasivo.

Tomado de: El Juego y el Arte de Ser…humano
Autora: Marta Inés Tirado Gallego
Universidad de Antioquia
1998