Blogger Biblioteca Pública José María Vélaz

viernes, 23 de septiembre de 2011

¡Que pase el aserrador!

¡Que pase el aserrador…!
Entre Antioquia y Sopetrán, en las orillas del río Cauca, estaba yo fundando una hacienda. Me acompañaba, en calidad de mayordomo, Simón Pérez, que era todo un hombre, pues ya tenía treinta años, y veinte de ellos los había pasado en lucha tenaz y bravía con la naturaleza, sin sufrir jamás grave derrota. Ni siquiera el paludismo había logrado hincarle el diente, a pesar de que Simón siempre anduvo entre zancudos y demás bichos agresivos.
Para él no había dificultades, y cuando se le proponía que hiciera algo difícil que él no había hecho nunca, siempre contestaba con esta frase alegre y alentadora: «vamos a ver; más arriesga la pava que el que le tira, y el mico come chumbimba en tiempo de necesidad».
Un sábado en la noche, después del pago de peones, nos quedamos, Simón y yo, conversando en el corredor de la casa y haciendo planes para las faenas de la semana entrante, y como yo le manifestara que necesitábamos veinte tablas para construir unas canales en la acequia y que no había aserradores en el contorno, me dijo:
— Esas se las asierro ya en estos días.
— ¿Cómo?, le pregunté, ¿sabe usted aserrar?
—Divinamente; soy aserrador graduado, y tal vez el que ha ganado más alto jornal en ese oficio. ¿Qué dónde aprendí? Voy a contarle esa historia, que es divertida. Y me refirió esto, que es verdaderamente original:
En la guerra del 85 me reclutaron y me llevaban para la Costa, por los llanos de Ayapel, cuando resolví desertar, en compañía de un indio boyacense. Una noche en que estábamos ambos de centinelas las emplumamos por una cañada, sin dejarle saludes al general Mateus.
Al día siguiente ya estábamos a diez leguas de nuestro ilustre jefe, en medio de una montaña donde cantaban los gurríes y maromeaban los micos. Cuatro días anduvimos por entre bosques, sin comer y con los pies heridos por las espinas de las chontas, pues íbamos rompiendo rastrojo con el cuerpo, como vacas ladronas. ¡Lo que es el miedo al cepo de campaña con que acarician a los desertores, y a los quinientos palos con que los maduran antes de tiempo!...
Yo había oído hablar de una empresa minera que estaba fundando el Conde de Nadal, en el río Nus, y resolví orientarme hacia allá, así al tanteo, y siguiendo por la orilla de una quebrada que, según me habían dicho, desembocaba en aquel río. Efectivamente, al séptimo día, por la mañana, salimos el indio y yo a la desembocadura, y no lejos de allí vimos, entre unas peñas, un hombre que estaba sentado en la orilla opuesta a la que llevábamos nosotros. Fue grande nuestra alegría al verlo, pues íbamos casi muertos de hambre y era seguro que él nos daría de comer.
—Compadre, le grité, ¿cómo se llama esto aquí? ¿La mina del Nus está muy lejos?
— Aquí es; yo soy el encargado de la tarabita para el paso, pero tengo orden de no pasar a nadie, porque no se necesitan peones. Lo único que hace falta son aserradores.
No vacilé un momento en replicar:
—Ya lo sabía, y por eso he venido: yo soy aserrador; eche la oroya para este lado.
—¿Y el otro?, preguntó, señalando a mi compañero. El grandísimo majadero tampoco vaciló en contestar rápidamente:
—Yo no sé de eso; apenas soy peón.
No me dio tiempo de aleccionarlo; de decirle que nos importaba comer a todo trance, aunque al día siguiente nos despacharan como perros vagos; de mostrarle los peligros de muerte si continuaba vagando a la aventura, porque estaban lejos los caseríos, o el peligro de la «diana de palos» si lograba salir a algún pueblo antes de un mes. Nada; no me dio tiempo ni para guiñarle el ojo, pues repitió su afirmación sin que le volvieran a hacer la pregunta.
No hubo remedio, y el encargado de manejar la tarabita echó el cajón para este lado del río, después de gritar: ¡Que pase el aserrador!
Me despedí del pobre indio y pasé.
Diez minutos después estaba yo en presencia del Conde, con el cual tuvo este diálogo:
—¿Cuánto gana usted?
—¿A cómo pagan aquí?
— Yo tenía dos magníficos aserradores, pero hace quince días murió uno de ellos; les pagaba a ocho reales.
—Pues, señor Conde, yo no trabajo a menos de doce reales; a eso me han pagado en todas las empresas en donde he estado y, además, este clima es muy malo; aquí le da fiebre hasta a la quinina y a la zarpoleta.
—Bueno, maestro; «el mono come chumbimba en tiempo de necesidad»; quédese y le pagaremos los doce reales. Váyase a los cuarteles de peones a que le den de comer y el lunes empieza trabajos.
¡Bendito sea Dios! Me iban a dar de comer; era sábado, al día siguiente también comería de balde. ¡Y yo, que para poder hablar tenía que recostarme a la pared, pues me iba de espaldas por la debilidad en que estaba!
Entré a la cocina y me comí hasta las cáscaras de plátano. Me tragaba las yucas con pabilo y todo. ¡Se me escaparon las ollas untadas de manteca, porque eran de fierro! El perro de la cocina me veía con extrañeza, como pensando: ¡Caramba con el maestro! si se queda ocho días aquí, nos vamos a morir de hambre el gato y yo!
A las siete de la noche me fui para la casa del Conde, el cual vivía con su mujer y dos hijos pequeños. ¡Líos que tenia!
Un peón me dio tabaco y me prestó un tiple. Llegué echando humo y cantando la guabina. La pobre señora que vivía más aburrida que un mico recién cogido, se alegró con mi canto y me suplicó que me sentara en el corredor para que la entretuviera a ella y a sus niños esa noche.
— Aquí es el tiro, Simón, dije para mis adentros; vamos a ganarnos esta gente por si no resulta el aserrío. Y les canté todas las trovas que sabía. Porque, eso sí: yo no conocía serruchos, tableros y troceros, pero en cantos bravos sí era veterano.
Total, que la señora quedó encantada y me dijo que fuera al día siguiente, por la mañana, para que le divirtiera los muchachos, pues no sabía qué hacer con ellos los domingos. ¡Y me dio jamón y galletas y jalea de guayaba!
Al otro día estaba este ilustre aserrador con los muchachos del señor Conde, bañándose en el río, comiendo ciruelas pasas y ¡bendito sea Dios y el que exprimió las uvas, bebiendo vino tinto de las mejores marcas europeas!
Llegó el lunes, y los muchachos no quisieron que el «aserrador» fuera a trabajar, porque les había prometido llevarlos a un guayabal a coger toches, en trampa. Y el Conde, riéndose, convino en que el maestro se ganara sus doce reales de manera tan divertida.
Por fin, el martes, di principio a mis labores. Me presentaron al otro aserrador para que me pusiera de acuerdo con él, y resolví pisarlo desde la entrada.
—Maestro, le dije, de modo que me oyera el Conde, que estaba por ahí cerca, a mí me gustan las cosas en orden. Primeramente sepamos qué es lo que se necesita con más urgencia; ¿tablas, tablones o cercos?
—Pues necesitamos cinco mil tablas de comino, para las canales de la acequia, tres mil tablones para los edificios y unos diez mil cercos. Todo de comino; pero debemos comenzar por las tablas.
Por poco me desmayo: vi trabajo para dos años y... a doce reales el día, bien cuidado y sin riesgo de que castigaran al desertor, porque estaba «en propiedad extranjera».
— Entonces, vamos con método. Lo primero que debemos hacer es dedicarnos a señalar árboles de comino, en el monte, que estén bien rectos y bien gruesos para que den bastantes tablas y no perdamos el tiempo. Después los tumbamos y, por último, montamos el aserrío. Todo con orden, sí señor, porque si no, no resulta la cosa.
— Así me gusta, maestro, dijo el Conde; se ve que usted es hombre práctico. Disponga los trabajos como lo crea conveniente.
Quedé, pues, dueño del campo. El otro maestro, un pobre majadero, comprendió que tenía que agachar la cabeza ante este famoso «aserrador» improvisado. Y a poco, salimos a la montaña a señalar árboles de comino.
Cuando nos íbamos a internar, le dije a mi compañero:
—No perdamos el tiempo andando juntos. Váyase usted por el alto, que yo me voy por la cañada. Esta tarde nos encontramos aquí; pero fíjese bien para que no señale árboles torcidos.
Y salí cañada abajo, buscando el río. Y en la orilla de éste me pasé el día, fumando tabaco y lavando la ropita que me traje del cuartel del general Mateus.
Por la tarde, en el punto citado, encontré al maestro y le pregunté: vamos a ver, ¿cuántos árboles señaló?
—Doscientos veinte no más, pero muy buenos.
—Pues perdió el día; yo señalé trescientos cincuenta, de primera clase.
Había que pisarlo en firme; y yo he sido gallo para eso.
Por la noche me hizo llamar la señora del Conde, y que llevara el tiple, porque me tenía cena preparada; que los muchachos estaban deseosísimos de oírme el cuento de Sebastián de las Gracias, que les había yo prometido. Ah, y el del Tío Conejo y el Compadre Armadillo, y ese otro de Juan sin miedo, tan emocionante. Se cumplió el programa al pie de la letra. Cuentos y cantos divertidísimos; chistes de ocasión; cena con salmón, porque estábamos en vigilia; cigarros de anillo dorado; traguito de brandy para el aserrador, pues como había trabajado tanto ese día, necesitaba el pobre que le sostuvieran las fuerzas. Ah, y guiñadas de ojo a una sirvienta buena moza que le trajo el chocolate al «maestro» y que al fin quedó de las cuatro paticas cuando oyó la canción aquella de:
Como amante torcaza quejumbrosa, que en el monte se escucha gemir
Qué aserrío, monté esa noche. ¡Le saqué tablas del espinazo al mismísimo, señor Conde! Y todo iba mezclado por si se dañaba lo del aserrío. Le conté al patrón que había notado yo ciertos despilfarros en la cocina de peones y no pocas irregularidades en el servicio de la despensa; le hablé de un remedio famoso para curar la renguera (inventado por mí, por supuesto) y le prometí conseguirle un bejuco en la montaña, admirable para todas las enfermedades de la digestión. (Todavía me acuerdo del nombrecito con que lo bauticé: ¡Levantamuertos!)
Encantados el hombre y su familia con el «maestro» Simón. Ocho días pasé en la montaña, señalando árboles con mi compañero, o mejor dicho, separados, porque yo siempre, lo echaba por otro lado día al que yo escogía. Pero sabrá usted que como yo no conocía el comino, tuve que ir primero a ver los árboles que había señalado el verdadero aserrador.
Cuando ya teníamos marcados unos mil, empezamos a echarlos al suelo, ayudados por cinco peones. En esa tarea, en la cual desempeñaba yo el oficio de director, empleamos más de quince días.
Y todas las noches iba yo a la casa del Conde y cenaba divinamente. Y los domingos almorzaba y comía allá, porque era preciso distraer a los muchachos... y a la sirvienta también.
Yo era el sanalotodo en la mina. Mi consejo era decisivo y no se hacía nada sin mi opinión. ¡Tal vez la célebre cortada del río Nus fracasó más tarde por alguna bestialidad que yo indiqué!
Todo iba a pedir de boca, cuando un día llegó la hora terrible de montar el aserrío de madera. Ya estaba hecho, el andamio, y por cierto que cuando lo fabricamos hubo algunas complicaciones, porque el maestro me preguntó:
—¿Qué alto le ponemos?
—¿Cuál acostumbran ustedes por aquí?
—Tres metros.
—Póngale tres con veinte, que es lo mandado entre buenos aserradores. (Si sirve con tres, ¿por qué no ha de servir con veinte centímetros más?).
Ya estaba todo listo: la troza sobre el andamio, y los trazos hechos en ella (por mi compañero, porque yo me limitaba a dar órdenes).
«La lámpara encendida y el velo en el altar,» como dice la canción.
Llegó el momento solemne, y una mañana salimos camino del aserradero, con los grandes serruchos al hombro. ¡Primera vez que yo veía un come-maderas de esos!
Ya al pie del andamio, me preguntó el maestro:
—¿Es usted de abajo o de arriba?
Para resolver tan grave asunto fingí que me rascaba una pierna, y rápidamente pensé:, «si me hago arriba, tal vez me tumba éste con el serrucho». De manera que al enderezarme contesté:
— Yo me quedo abajo; encarámese usted. Trepó por los andamios, colocó el serrucho en la línea y... empezamos a aserrar madera.
¡Pero, señor, cómo fue aquello! El chorro de aserrín se vino sobre mí y yo corcoveaba a lado y lado, sin saber cómo defenderme. Se me entraba por las narices, por las orejas, por los ojos, por el cuello de la camisa... ¡Virgen Santa! Y yo que creía que eso de tirar de un serrucho era cosa fácil...
—Maestro, me gritó mi compañero, se está torciendo el corte!...
— ¡Pero hombre, con todos los diablos! Para eso está usted arriba; fíjese y aplome como Dios manda...
El pobre hombre no podía remediar la torcedura. ¡Qué la iba a remediar, si yo chapaleaba como pescado colgado del anzuelo!
Viendo que me ahogaba entre las nubes de aserrín, le grité a mi compañero:
—Bájese, que yo subiré a dirigir el corte.
Cambiamos de puesto: yo me coloqué en el borde del andamio, cogí el serrucho y exclamé:
—Arriba pues: una... dos...
Tiró el hombre, y cuando yo iba a decir tres, me fui de cabeza y caí sobre mi compañero. Patas arriba quedamos ambos; él con las narices reventadas y yo con dos dientes menos y un ojo que parecía una berenjena.
La sorpresa del aserrador fue mayor que el golpe que le di. No parecía sino que le hubiera caído al pie un aerolito.
—¡Pero, maestro!, exclamó;... ¡pero, maestro!
—¡Qué maestro, ni qué demonios! ¿Sabe lo que hay? Que es la primera vez que yo le cojo los cachos a un serrucho de estos. ¡Y usted que tiré con tanta fuerza! Vea cómo me puso (y le mostré el ojo dañado).
—Y vea cómo me dejó usted (y me enseñó las narices).
Vinieron las explicaciones indispensables, para las cuales resulté un Víctor Hugo. Le conté mi historia y casi que lo hago llorar cuando le pinté los trabajos que pasé en la montaña, en calidad de desertor. Luego rematé con este discurso más bien atornillado que un trapiche inglés:
—No diga usted una palabra de lo que ha pasado, porque lo hago sacar de la mina. Yo les corté el ombligo al Conde y a la señora, y a los muchachos los tengo de barba y cacho. Conque, tráguese la lengua y enséñeme a aserrar. En pago de eso, le prometo darle todos los días, durante tres meses, dos reales, de los doce que yo gano. —Fúmese, pues, este tabaquito (y le ofrecí uno), y explíqueme cómo se maneja este mastodonte de serrucho.
Como le hablé en plata y él ya conocía mis influencias en la casa de los patrones, aceptó mi propuesta y empezó la clase de aserrío. Que el cuerpo se ponía así, cuando uno estaba arriba; y de esta manera cuando estaba abajo; que para evitar las molestias del aserrín se tapaban las narices con un pañuelo... cuatro pamplinadas que yo aprendí en media hora.
Y duré un año trabajando en la mina como aserrador principal, con doce reales diarios, cuando los peones apenas ganaban cuatro. Y la casa que tengo en Sopetrán la compré con plata que traje de allá. Y los quince bueyes que tengo aquí, marcados con un serrucho, del aserrío salieron... Y el hijo mío, que ya me ayuda mucho en la arriería, es también hijo de la sirvienta del Conde y ahijado de la Condesa...
Cuando terminó Simón su relato, soltó una bocanada de humo, clavó en el techo la mirada y añadió después:
¡Y aquel pobre indio de Boyacá se murió de hambre... sin llegar a ser aserrador!...


Autor: Jesús del Corral



Jesús del Corral: Murió en Bogotá en 1931. Había nacido en Santafé de Antioquia en 1871, y estudió en la Universidad de Antioquia y en el Rosario de Bogotá. Fue Ministro de don Marco Fidel Suárez y ejerció el periodismo, como director de la brisa y el escudo. En 1914 escribió ¡que pase el aserrador!,su obra maestra, que se ha ganado un lugar en las más importantes antologías del cuento colombiano y ha sido repetidamente adaptada para la televisión, entre ellos por Víctor Gaviria, quien hizo de esta historia una película para Teleantioquia, en 1985. Del Corral fue presidente de la Asociación de Agricultores y uno de los fundadores de la Federación Nacional de Cafeteros.

El albañilito - Julio 2011


El albañilito
Domingo 11.  –El albañilito ha venido hoy de cazadora, vestido con la ropa de su padre, blanca todavía por la cal y el yeso.  Mi padre deseaba que viniese aún más que yo.
¡Cómo le gusta!

Apenas entró se quitó su viejísimo sombrero, que estaba cubierto de nieve, y se lo metió en un bolsillo; después vino hacia mí con aquel andar descuidado, de trabajador fatigado, volviendo aquí y allá su cabeza, redonda como una manzana, y con su nariz roma; y cuando fue al comedor, dirigiendo una ojeada a los muebles, fijó sus ojos en un cuadrito que representaba a Rigoletto, un bufón jorobado, y puso la cara de “Hocico de liebre”.   Es imposible dejar de reírse al vérselo hacer.

Nos pusimos a jugar con palitos; y tiene una habilidad extraordinaria para hacer torres y puentes, que parece se están de pie por milagro, y trabaja en ello muy en serio, con la paciencia de un hombre.  Entre una y otra torre me hablaba de su familia; viven en un desván; su padre, por la noche, va a la escuela de adultos, a aprender a leer; su madre no es de aquí.  Parece que le quiere mucho, porque, aunque él viste pobremente, va bien guardado del frío, con la ropa remendada y el lazo de la corbata bien hecho y anudado por su misma madre.  Su padre, me dice, es un hombretón, un gigante, que apenas cabe por la puerta; es bueno, y llama siempre a su hijo “hociquito de liebre”.  El hijo, en cambio, es pequeñín.


A las cuatro merendamos juntos, pan y pasas, sentados en el sofá, y cuando nos levantamos, no sé por qué, mi padre no quiso que limpiara el espaldar que el albañilito había manchado de blanco con su chaqueta; me detuvo la mano y lo limpió después él sin que lo viéramos.

Jugando, al albañilito se le cayó un botón de la cazadora, y mi madre se lo pegó; él se puso encarnado, y la veía coser, muy admirado y confuso, no atreviéndose a respirar.
Después le enseñé el álbum de caricaturas, y él, sin darse cuenta, imitaba tan bien los gestos de aquellas caras, que hasta mi padre se reía.

Estaba tan contento cuando se fue, que se olvidó de ponerse el andrajoso sombrero, y al llegar a la puerta de la escalera, para manifestarme su gratitud, me hizo otra vez la gracia de poner el “hocico de liebre”.  Se llama Antonio Rabucco y tiene ocho años y ocho meses…

“¿Sabes, hijo mío, por qué no quise que limpiaras el sofá?   Porque limpiarle mientras tu compañero lo veía era casi hacerle una reconvención por haberle ensuciado.  Y esto no estaba bien: en primer lugar, porque no lo habría hecho de intento, y en segundo, porque le había manchado con ropa de su padre, que a su vez se la había enyesado trabajando; y lo que se mancha trabajando no ensucia; es polvo, cal, barniz, todo lo que quieras, pero no es suciedad.  El trabajo no ensucia.  No digas nunca de un obrero que sale de su trabajo: `Va sucio´.  Debes decir: `Tiene en su ropa las señales, las huellas del trabajo´.  Recuérdalo.  Quiero mucho al albañilito, porque es compañero tuyo, y, además, porque es hijo de obreros.
          Tu padre”




Autor: Edmundo de Amicis
Tomado de: El trabajo: cuentos y semblanzas
Selección de: Elkín Obregón S.
CONFIAR





















EDMUNDO DE AMICIS: (1846-1908) Escritor italiano, viajero impenitente.  Aunque escribió mucho (Vida militar, España, Recuerdos de París, Los amigos, Retratos literarios), hoy se le recuerda, digamos que exclusivamente, por Corazón, diario de un niño, libro en donde evoca y reelabora literariamente, con nostalgia y ternura, estampas de su niñez pueblerina.

El final - Junio 2011

El final
Y bueno, sólo nos queda un relato de una gata que se cree perro.
Su nombre es Ata, Ata gata; y se le debe decir así, pues vale recordarle que es “gata”.

Ata llegó cuando era apenas un bebé.  Un apuesto joven la llevó a su casa porque la encontró en la calle, un día de lluvia.  Estaba flaca, mojada y hambrienta.  La verdad al dueño de la casa no le gustaban los gatos, le gustaban los perros, pero tenía un sentido enorme de responsabilidad por los animales.  Así que cuando la vio en la calle, mojada y friolenta no resistió y la llevó a casa.

Gatos y perros se cuenta que pelean y que no hay manera de hacerlos reflexionar.  Los gatos se espelucan cuando en su camino se cruza un perro.
Los perros, cuando a la distancia ven un gato, pierden educación y estilo, y arrancan en una persecución suicida que culmina cuando el perseguido es obligado a encaramarse a un lugar lo suficientemente alto al que no llegue el odioso perro que no deja de ladrar hasta que es tranquilizado por su dueño.

El caso es que Ata llegó a su nuevo hogar y fue recibida con recelo por un hermoso perro labrador amarillo, de nombre Emilio.  Por su parte, ata pensó que Emilio era buen papá y lo perseguía por todas partes; ella no sabía de odios heredados y el perro laecaía muy bien.

Como Ata  no andaba erizando los pelos ni lanzando ruidos amenazantes, Emilio olvido rápidamente eso de odiar a los gatos y al igual le caía muy bien la gata.  Fue así como nació entre ellos un amor fraternal; para Ata, Emilio era su padre y para Emilio, Ata bien podría ser su hija o a lo sumo su hermanita pequeña.

El problema fue que al no tener patrón gatuno al cual imitar, Ata asumió que en lugar de gato era perro y así se comportaba.  Comía lo que se le daba a Emilio, le gustaba que la pasearan con correa y para saludar lo hacía a lametazos. Emilio, que entendía que esa no era la forma correcta de comportarse (aun cuando estaba muy orgulloso de los progresos en educación canina que mostraba Ata), trataba infructuosamente (poco sabía de educación gatuna) de mostrarle cuál era la forma en que se comportaba un gato.  Con trabajo le enseñó a trepar al tejado y a caminar por él, sin sentir mareo.  De igual manera, le enseño a bajar de las alturas y adquirir seguridad al saltar de éstas.  Puede que no supiera de gatos, pero, la verdad, lo que le enseño a Ata funcionó, y aun cuando no era una gata gata, tampoco se podría decir que era una gata perro, así tuviera un caminado que recordaba a un perro desfilando en una exposición o se negara a comer la comida de los gatos, prefiriendo la de los perros, o al hablar tuviera un cierto perruno.

Lo cierto es que no importaba si era perro gato, o más gato que perro, Emilio y Ata habían logrado romper la diferencia y quererse sin importar lo que eran.






Tomado de: El gato tuerto y otras historias
Autora: Verónica Samper
PANAMERICANA

Verónica Samper: Nació en Bogotá.  Es maestra y le encanta estar con los niños, oír sus historias y que escuchen las de ella.
Le gustan los días de lluvia tanto como los de sol.  Ama los libros y la mayor parte del tiempo lo dedica a ller y por supuesto a escribir.  Actualmente enseña y prepara sus nuevos cuentos.  “Los Monstruos no existen” fue su primer libro publicado en el 2002 po Panamericana Editorial.

¿Quién es la señora García? - Mayo


¿QUIÉN ES LA SEÑORA GARCÍA?
-¡Julia, estás volviéndome loca!  -gritó mamá-.
Anda a jugar con Enrique.

-Mi mamá está molesta conmigo –dijo Julia.
-Es culpa de la señora García –dijo Enrique.
-¿Quién es la señora García? –preguntó Julia.

-Tu mamá no está molesta contigo.  Está molesta porque cuando estaba parqueando su carro con mucho cuidado, el señor Rodríguez, en el carro de atrás, le pitó.
-Ah –dijo Julia-. Cuéntame lo de la señora García.
-Pero –dijo Enrique-, el señor Rodríguez no estaba enfadado con tu mamá.  Estaba molesto porque la señora Rodríguez lo llamó “estúpido”.
-¿Y la señora García? –preguntó Julia.
-La señora Rodríguez en realidad no piensa que su marido sea estúpido –dijo Enrique-.  Ella estaba de mal humor porque la señora Oviedo le exigió que se apurara en la caja del supermercado.
-Quiero saber sobre la señora García –dijo Julia.
-Tu sabes que la señora Oviedo normalmente no es tan brusca –continuó Enrique-. Estaba irritable porque Rosa, su gata, la había arañado.
-¿Y entonces quién es la señora García? –preguntó Julia.
-Rosa no tiene la costumbre de arañar –siguió Enrique-.  Rosa estaba alborotada porque Tomás la había estado correteando.
-¿Y esto tenía que ver con la señora García?
-preguntó Julia.
-Claro –dijo Enrique- que Tomas aprecia a Rosa.  Lo que pasa es que estaba sensible porque la señora Ramos no le había devuelto su pelota.
-¿Y todo por culpa de la señora García? –preguntó Julia.


Enrique continuó:
-A la señora Ramos en realidad no le interesaba la pelota de Tomás, estaba furiosa porque alguien había lanzado tostadas a su ventana.
-¿Pero, qué pasó con la señora García?
-Espera –dijo Enrique-. Ese alguien era Ana Gil.  Ana le había lanzado las tostadas a su hermano Manuel, que la había llamado con un nombre grosero.  Pero Ana había fallado en el tiro.
-La señora García, la señora García. ¡la señora García! –exclamó Julia.
-Cuando Manuel llamó a Ana con el nombre grosero, estaba pensando en el señor Morales, que lo había empujado al pasar por su lado en la escalera.
-Sí, pero ¿quién es la señora García? –preguntó Julia de nuevo.
-Ahora –dijo Enrique-, el señor Morales, que trabaja en las noches, se había desvelado y por poco se enloquece con el ruido de la señora del piso de arriba, que había estado caminando en sus tacones por todo el lugar en la madrugada.
-Ya se, es por culpa de la señora García –suspiró Julia.
-Esa señora era la señora García – dijo Enrique con una sonrisa…

-¿Ves? Por la señora García comenzó todo.  ¡La señora García y sus tacones!

-Yu-hu, Julia! –llamó mamá -. Siento haberme molestado.  Vengan ambos, sentémonos aquí a comernos un helado.
-Gracias, mamá –dijo Julia-.  Yo sé que no estabas enfadada conmigo.  Era a causa de la señora García.
-¿La señora García? –dijo sonriendo mamá-.  -¿Quién es la señora García?

Autor: David McKee
NORMA

David McKee: (Devon, Reino Unido, 1935) es un escritor e ilustrador británico, conocido especialmente por ser el creador de la serie de Elmer, el elefante de colores inspirado en la obra de Paul Klee. También ha trabajado como animador en la compañía King Rollo Films, en ocasiones con personajes de su creación.

El increible niño niño come libros - Abril 2011


EL INCREÍBLE NIÑO COMELIBROS
A Enrique le encantaban los LIBROS
Pero no como a ti y a mí.  No.
Para nada…
… a el le gustaba COMÉRSELOS.

Todo empezó por error una tarde en la que estaba distraído.
Al principio tenía muchas dudas, y sólo se comió una palabra.
Simplemente por probar.
Luego lo intentó con una oración completa y tras eso la página ENTERA.
Sí, definitivamente le gusto.
Para el miércoles Enrique ya se había comido TODO un libro.
Y para fines de mes podía atiborrarse un libro de un tirón.

Le encantaba comer toda clase de libros: novelas, diccionarios, almanaques y atlas, libros de bromas, libros de historia y hasta de matemáticas.
Pero los rojos eran sus preferidos.
Y los devoraba a un ritmo INCREÍBLE.
Pero lo mejor era esto:
Mientras más comía, más listo se hacía.


Una vez se comió un libro sobre pececitos y en el acto supo que dar de comer a Ginger.

En muy poco tiempo pudo resolver el crucigrama de su padre en el periódico y hasta era más listo que los profesores de su escuela.

A Enrique le gustaba ser listo.
Creía que, de seguir así, bien podría llegar a ser la persona más lista del mundo.

Así que siguió comiendo libros…
Y se fue haciendo más listo… y más listo
y más listo.

Pasó de comerse un libro entero a comerse dos o tres de un solo golpe.
Libros sobre cualquier cosa.
No era nada melindroso y quería saberlo todo.
Pero las cosas entonces empezaron a ponerse complicadas.
Más bien empezaron a ponerse muy, muy mal.
Enrique comía demasiado y sin duda demasiado rápido.



Empezaba a sentirse un poco enfermo.
Pero eso no era lo peor.
Todo lo que iba aprendiendo se volvía un revoltijo porque no le daba tiempo de hacer bien la digestión.
Y empezó a sentir vergüenza de tener que abrir la boca.
Y así Enrique de repente ya no parecía tan listo.

Más de uno le aconsejó que ya no comiera libros.
Dejó pues de comer libros y se quedó triste largo rato en su cuarto.  ¿Qué iba a hacer?
Mas luego, casi por accidente, Enrique tomó del suelo un libro a medio comer.
Pero en lugar de llevárselo a la boca...lo abrió...
... y empezó a leer.

¡Estaba tan bueno!
Después de aquello descubrió Enrique que le gustaba mucho leer.
Y que si leía bastante todavía podría llegar a ser la persona más lista del mundo.
Aunque necesitaría más tiempo.
Ahora Enrique siempre está leyendo... aunque, la verdad, de vez en cuando




Autor e Ilustrador: Oliver Jeffers
Fondo de Cultura Económica México

Oliver Jeffers: Nació en Australia Occidental en 1977, y creció en Belfast donde expuso sus primeras obras.  Oliver es escritor e ilustrador de libros y revistas.  El primer libro que escribió e ilustró fue “Cómo coger una estrella” 2004.  Sus obras son reconocidas con diferentes Premios de la Literatura Infantil.


Las Mujeres - Marzo 2011


LAS MUJERES

Aunque las mujeres realizan dos tercios del trabajo en el mundo, son dueñas de menos del 1% de los bienes del mundo. Se les paga menos que a los hombres por el mismo trabajo si es que se les paga algo, y se mantienen vulnerables porque no tienen independencia económica, y están siempre amenazadas por la explotación, la violencia y el abuso. Es un hecho que darle educación y trabajo a las mujeres, la habilidad de controlar sus ingresos, la posibilidad de heredar y poseer propiedad, benefician a la sociedad. Si una mujer está empoderada, sus hijos y su familia van a estar mejor. Si las familias prosperan, el pueblo prospera, y eventualmente todo el país. Discurso memorable de Isabel Allende acerca de la situación de las mujeres en el mundo. Imperdible!

Transcripción:
Muchísimas gracias. ¡Qué miedo estar aquí entre los más inteligentes de los inteligentes!
Estoy aquí para contarles algunas historias de pasión.
Hay un refrán judío que me encanta. ¿Qué es más cierto que la verdad? Respuesta: La historia. Yo soy una contadora de historias.
Quiero contar algo que es más cierto que la verdad sobre nuestra humanidad compartida. Todas las historias me interesan, y algunas me obsesionan hasta que termino escribiéndolas.
Ciertas temáticas se repiten: justicia, lealtad, violencia, muerte, asuntos políticos y sociales, libertad. Soy consciente del misterio que nos rodea, así que escribo sobre coincidencias, premoniciones, emociones, sueños, el poder de la naturaleza, la magia.
En los últimos 20 años he publicado algunos libros, pero viví en el anonimato hasta febrero del 2006, cuando llevé la bandera olímpica en las Olimpiadas de Invierno en Italia. Eso me transformó en una celebridad, ahora la gente me reconoce en Macy's y mis nietos piensan que soy chévere. Permítanme contarles sobre mis 4 minutos de fama.
Uno de los organizadores de la ceremonia olímpica, de la ceremonia inaugural, me llamó para decirme que yo había sido seleccionada para llevar la bandera. Le respondí que seguro se había equivocado de persona porque soy todo lo contrario a una atleta. De hecho ni siquiera estaba segura de poder darle la vuelta al estadio sin un andador.  Me dijeron que esto no era un asunto cómico. Esta sería la primera vez que la bandera olímpica sería llevada solamente por mujeres. 5 mujeres representando 5 continentes, y 3 ganadoras de medallas de oro olímpicas. Mi primera pregunta fue, naturalmente, ¿qué ropa iba a usar?  Un uniforme, me dijo ella, y me preguntó por mis medidas. ¡Mis medidas! Me visualicé en una parka inflada viéndome como el hombre Michelin. 
En la mitad de febrero, me encontré en Turín, donde las multitudes entusiastas vitoreaban cuando cualquiera de los 80 equipos olímpicos pasaba por la calle. Estos atletas habían sacrificado todo para competir en las Olimpiadas. Todos merecían ganar, pero está el elemento suerte. Un cristal de nieve, una pulgada de hielo, la fuerza del viento, pueden determinar el resultado de una carrera o de un partido. Pero lo que más importa, más que el entrenamiento o la suerte, es el corazón. Sólo un corazón sin miedo y resuelto obtendrá la medalla de oro. Todo tiene que ver con la pasión.
Las calles de Turín estaban cubiertas de carteles rojos anunciando el lema de las Olimpiadas. "La pasión vive aquí". ¿No es siempre así? El corazón nos guía y determina nuestro destino.
Esto es lo que necesito para los personajes de mis libros: un corazón apasionado. Necesito inconformistas, disidentes, aventureros, forasteros y rebeldes, que hacen preguntas, tuercen las reglas y toman riesgos. Gente como todos los que están en este auditorio. La gente simpática y con sentido común no son personajes interesantes.  Sólo sirven de buenos ex esposos. 
En la sala verde del estadio conocí a las otras mujeres que llevarían la bandera: tres atletas, y las actrices Susan Sarandon y Sofia Loren. También dos mujeres de corazones apasionados. Wangari Maathai, la ganadora del Premio Nobel de Kenia que ha plantado 30 millones de árboles, y al hacerlo ha cambiado la tierra y el clima de algunos lugares de Africa, y por supuesto las condiciones económicas de muchos pueblos, Y Somaly Mam, una activista camboyana que lucha apasionadamente contra la prostitución infantil, Cuando ella tenía 14 años, su abuelo la vendió a un burdel. Ella nos contó de niñas violadas por hombres que creen que tener sexo con una virgen muy joven los va a curar del SIDA. Y de burdeles donde las niñas son forzadas a recibir de cinco, a 15 clientes por día, y si se rebelan, las torturan con electricidad.
En la sala verde recibí mi uniforme. No era el tipo de atuendo que normalmente uso, pero era muy distinto que el traje del Hombre Michelin que yo anticipaba. Realmente no estaba mal. Yo me veía como un refrigerador. Al igual que casi todas las personas que llevaban la bandera, excepto Sofia Loren, el símbolo universal de belleza y pasión.
Sofia tiene más de 70 y se ve fabulosa. Ella es sexy, flaca, alta, con un bronceado profundo. ¿Cómo se puede tener ese bronceado y no tener arrugas? Yo no se. Cuando le preguntaron en una entrevista "¿Cómo hace para verse tan bien?" Ella respondió: "Postura. Mi espalda siempre está recta, y no hago los ruidos de los viejos".  Así que aquí tienen consejos gratuitos de una de las mujeres más bellas del mundo. No gruñir, no toser, no resollar, no hablar solos, nada de pedos.  Bueno, ella no dijo esto exactamente. 
En algún momento cerca de la medianoche, nos convocaron a un ala del estadio, y los parlantes anunciaron la bandera olímpica, y comenzó la música, a propósito, es la misma música que ponen aquí, la Marcha de Aida. Sofia Loren estaba justo en frente mío, ella es 30 cm. más alta que yo, sin contar el pelo escarmenado. Ella caminó elegantemente, como una jirafa en la sabana africana, sosteniendo la bandera sobre su hombro. Yo trotaba detrás, en puntillas, sosteniendo la bandera con mi brazo extendido. de manera tal que mi cabeza estaba debajo de la maldita bandera. Por supuesto, todas las cámaras apuntaban hacia Sofia. Cosa afortunada para mi porque en la mayoría de las fotos de prensa aparezco también yo, aunque casi siempre entre las piernas de Sofia. Lugar donde a la mayoría de los hombres les gustaría estar.  
Los mejores 4 minutos de toda mi vida fueron aquellos en el Estadio Olímpico. Mi esposo se ofende cuando digo esto, aunque yo le he explicado que lo que hacemos en privado en general toma menos de 4 minutos, así que no debería tomárselo personalmente.
Tengo todos los recortes de prensa de esos magníficos 4 minutos, porque no quiero olvidarlos cuando la vejez destruya mis neuronas. Quiero llevar en mi corazón para siempre la palabra clave de las Olimpiadas: pasión.
Aquí les tengo una historia de pasión.
El año es 1998, el lugar un campo de prisioneros para refugiados Tutsi en el Congo. A propósito, 80% de todos los refugiados y desplazados en el mundo son mujeres y niñas. Podemos llamar este lugar en el Congo un campo de muerte, porque a los que no matan, mueren de hambre y enfermedad. Las protagonistas de esta historia son una mujer joven, Rose Mapendo, y sus hijos. Ella está embarazada y es una viuda. Los soldados la han forzado a ver cómo torturan y matan a su esposo. De alguna manera logra mantener vivos a sus 7 hijos, y unos meses después da a luz a mellizos prematuros. Dos pequeños niños. Corta el cordón umbilical con un palo, y lo amarra con su propio pelo. Les da los nombres de los comandantes del campamento para agradarlos, y los alimenta con te negro porque su leche no puede sustentarlos. Cuando los soldados irrumpen en su celda para violar a su hija mayor, ella la agarra y rehusa soltarla, aún cuando le apuntan un arma a su cabeza. De alguna manera la familia sobrevive por 16 meses, y luego, con una suerte extraordinaria, y gracias al corazón apasionado de un joven norteamericano, Sasha Chanoff, que logra subirla a un avión de rescate de EEUU, Rose Mapendo y sus 9 hijos llegan a Phoenix, en Arizona, donde hoy viven y prosperan. Mapendo quiere decir "gran amor" en Swahili.
Las protagonistas de mis libros son mujeres fuertes y apasionadas como Rose Mapendo. Yo no las invento. No es necesario. Miro a mi alrededor y las veo en todas partes. He trabajado con mujeres y para mujeres toda mi vida. Las conozco bien.
Yo nací en tiempos antiguos, en el fin del mundo, dentro de una familia patriarcal, católica y conservadora. No es ninguna sorpresa que ya a los 5 años fuera una feminista furiosa aunque el término no había llegado todavía a Chile, así que nadie sabía cuál era mi problema.  Pronto descubriría que había que pagar un precio alto por mi libertad y por cuestionar al patriarcado. Pero estaba feliz de pagar el precio porque por cada golpe que recibí, yo pude dar dos de vuelta.
Una vez, cuando mi hija Paula tenía más de 20 años, me dijo que el feminismo era anticuado y que yo debería dejarlo. Tuvimos una pelea memorable.
¿El feminismo es anticuado?
Si, para las mujeres privilegiadas como mi hija y todas nosotras presentes hoy, pero no lo es para la mayoría de nuestras hermanas en el resto del mundo que todavía son obligadas a casarse prematuramente, a prostituirse, o a trabajos forzados, ellas tienen hijos que no quieren o que no pueden alimentar. No tienen control sobre sus cuerpos o sus vidas. No tienen ni educación ni libertad. Ellas son violadas, golpeadas y, a veces, asesinadas con impunidad.
Para la mayoría de las mujeres jóvenes occidentales de hoy ser llamada feminista es un insulto. El feminismo nunca ha sido sexy, pero les puedo asegurar que nunca me ha impedido coquetear, y rara vez he sufrido una falta de hombres. 
El feminismo no está muerto, de ninguna manera. Ha evolucionado. Si lo que no les gusta es el término, por la Diosa, ¡cámbienlo! Llámenlo Afrodita o Venus o lo que quieran, el nombre no importa, mientras sigamos entendiendo de qué se trata, y que lo apoyemos.
Tengo otra historia de pasión, y esta es triste. El lugar es una pequeña clínica para mujeres en un pueblo en Bangladesh El año es 2005. Jenny es una joven asistente dental estadounidense que está de voluntaria en la clínica durante sus tres semanas de vacaciones. Ella está preparada para limpiar dientes, pero cuando llega allí, se entera de que no hay doctores, no hay dentistas, y la clínica es sólo una choza llena de moscas. Afuera hay una fila de mujeres que han esperado varias horas para ser tratadas. La primera paciente tiene un dolor espantoso porque tiene varias muelas podridas. Jenny se da cuenta que la única solución es extraer los dientes malos. Ella no tiene licencia para eso, nunca lo ha hecho. Ella arriesga mucho y está aterrorizada. Ni siquiera cuenta con los instrumentos adecuados, pero afortunadamente ella ha traído algo de anestesia. Jenny tiene un corazón valiente y apasionado. Murmura una plegaria y sigue adelante con la operación. Al final, la paciente aliviada le besa las manos. Ese día la asistente dental extrae muchos más dientes.
A la mañana siguiente, cuando llega a la supuesta clínica, su primera paciente está esperando con el esposo. La cara de la mujer parece un melón. Está tan hinchada que no se le ven los ojos. El esposo, furioso, amenaza con matar a la estadounidense. Jenny está horrorizada con lo que hizo, pero entonces el intérprete le explica que la condición de la paciente no tiene nada que ver con la operación. El día anterior, el esposo la golpeó porque ella no estaba en casa a tiempo para prepararle su comida.
Millones de mujeres viven así hoy en día. Son las más pobres de los pobres.
Aunque las mujeres realizan dos tercios del trabajo en el mundo, son dueñas de menos del 1% de los bienes del mundo. Se les paga menos que a los hombres por el mismo trabajo si es que se les paga algo, y se mantienen vulnerables porque no tienen independencia económica, y están siempre amenazadas por la explotación, la violencia y el abuso.
Es un hecho que darle educación y trabajo a las mujeres, la habilidad de controlar sus ingresos, la posibilidad de heredar y poseer propiedad, benefician a la sociedad. Si una mujer está empoderada, sus hijos y su familia van a estar mejor. Si las familias prosperan, el pueblo prospera, y eventualmente todo el país.
Wangari Maathai va a un pueblo en Kenia. Ella habla con las mujeres, y les explica que la tierra está árida porque han cortado y vendido los árboles. Ella logra que las mujeres planten y que rieguen árboles nuevos. gota a gota. En un lapso de 5 o 6 años tienen un bosque, la tierra se enriquece y el pueblo se salva.
Las sociedades más pobres y retrógradas siempre son las que oprimen a sus mujeres. Pero esta verdad obvia es ignorada por los gobiernos, y también por la filantropía. Por cada dólar que se le da a un proyecto para mujeres, se le dan 20 dólares a proyectos para hombres.
Las mujeres son el 51 % de la humanidad. Darles poder va a cambiarlo todo, más que la tecnología, el diseño y el entretenimiento. Yo puedo prometerles que las mujeres trabajando juntas, vinculadas entre sí, informadas y educadas, pueden traer paz y prosperidad a este planeta sin esperanzas.
En cualquier guerra hoy, la mayoría de las bajas son civiles, la mayoría mujeres y niños. Ellos son daño colateral. Los hombres manejan el mundo y miren el caos que tenemos.
¿Qué clase de mundo queremos? Esta es una pregunta fundamental que la mayoría nos estamos preguntando. ¿Tiene sentido participar en la estructura mundial actual?
Queremos un mundo donde se preserve la vida, y donde la calidad de vida se enriquezca para todos, no sólo para los privilegiados.
En enero vi una exhibición de pinturas de Fernando Botero en la biblioteca de la Universidad Berkeley de California. Ningún museo o galería en los Estados Unidos, excepto por la galería que representa a Botero en Nueva York, se ha atrevido a mostrar estas pinturas porque el tema es la prisión de Abu Ghraib. Son pinturas enormes sobre tortura y abuso de poder, en el estilo voluminoso de Botero. No he podido quitarme esas imágenes de la cabeza o de mi corazón.
Lo que más temo es el poder con impunidad. Le temo al abuso de poder y al poder de abusar. En nuestra especie, los machos alfa definen la realidad, y fuerzan al resto de la manada a aceptar esa realidad y a seguir las reglas. Las reglas cambian todo el tiempo, pero siempre los benefician, y en este caso, el efecto del chorreo, que no funciona en la economía, funciona perfectamente. El abuso chorrea desde la parte más alta de la escalera hacia abajo. Las mujeres y los niños, especialmente los pobres, están abajo.
Incluso el más indigente de los hombres tiene a alguien para abusar, una mujer o un niño.
Estoy harta del poder que unos pocos ejercen sobre la mayoría, a través del género, los ingresos, la raza, y la clase.
Creo que llegó el momento de hacer cambios fundamentales en nuestra civilización.
Pero para que el cambio sea real, necesitamos energía femenina en la administración del mundo. Necesitamos un número crítico de mujeres en posiciones de poder, y necesitamos cultivar la energía femenina de los hombres.
Estoy hablando de hombres con mentes jóvenes, por supuesto. No hay esperanza con los hombres viejos, tenemos que esperar que se mueran. 
Si, me encantaría tener las largas piernas de Sofia Loren y sus legendarios pechos. Pero si me dan a escoger, preferiría tener el corazón guerrero de Wangari Maathai, Somaly Mam, Jenny y Rose Mapend o.
Quiero que este mundo sea bueno. No mejor, sino que bueno. ¿Por qué no?
Se puede. Miren en esta sala, todo este conocimiento, energía, talento y tecnología.
Pongámonos de pie, arremanguémonos y pongámonos a trabajar, apasionadamente, para crear un mundo, casi, perfecto. Gracias.
Isabel Allende
Tomado de: http://www.emprendedoras.com/articulo_1925_historias-de-pasion-por-isabel-allende

Isabel Allende: (Lima, Perú, 2 de agosto de 1942). Es una escritora superventas chilena y premio nacional de literatura 2010.
Ha vendido más de 51 millones de ejemplares y su trabajo ha sido traducido a más de 27 idiomas. Ha sido considerada como la escritora de lengua española más leída del mundo.